Encuentro en Cangas del Narcea

La caridad que nace del altar: encuentro diocesano de la Comisión de Caridad y Servicio en Cangas del Narcea

La Iglesia diocesana vivió hoy una jornada de encuentro, comunión y servicio en Cangas del Narcea, donde tuvo lugar el encuentro de la Comisión de Caridad y Servicio de la Diócesis de Oviedo, integrada por diferentes realidades eclesiales que trabajan cada día al lado de quienes más necesitan de nuestra cercanía y ayuda.

La jornada reunió a cerca de 500 personas vinculadas a ámbitos tan importantes como Cáritas Asturias, Manos Unidas, la Pastoral Penitenciaria, la Pastoral de la Salud, la Pastoral del Migrante y otras iniciativas de servicio que hacen visible el rostro más cercano y misericordioso de la Iglesia. 

El encuentro comenzó en el Santuario del Acebo, donde los participantes pudieron ponerse a los pies de la Virgen para ofrecerle el trabajo, las preocupaciones y las esperanzas de tantas personas a las que acompañan cada día. Un momento de oración y fraternidad que ayudó a recordar que toda acción caritativa encuentra su fuerza en Cristo y en el Evangelio.

La jornada concluyó con la celebración de la Santa Misa en la Basílica de Santa María Magdalena de Cangas del Narcea, presidida por nuestro arzobispo, Mons. Jesús Sanz Montes, y en la que participó nuestro párroco, D. Sergio Santa, desempeñando el servicio de maestro de ceremonias.

Fue una celebración especialmente significativa, del Corpus Christi, con la gran participación de fieles, sacerdotes, diáconos, religiosos y agentes pastorales llegados de distintos puntos de Asturias, reflejando la riqueza de una Iglesia que trabaja unida para llevar esperanza allí donde más se necesita.

En una sociedad marcada tantas veces por la indiferencia y el individualismo, encuentros como este recuerdan que la caridad no es una actividad más de la Iglesia, sino una dimensión esencial de su misión. Servir a los pobres, acompañar a los enfermos, visitar a quienes están privados de libertad, acoger al migrante o sostener a quien atraviesa momentos difíciles son expresiones concretas del amor de Cristo hecho vida.

Damos gracias a Dios por esta jornada de convivencia, oración y servicio compartido, y por todas las personas que, desde tantas realidades de nuestra diócesis, continúan haciendo presente cada día la ternura y la misericordia del Señor entre nosotros.

«Lo que hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).

Trece niños reciben por primera vez a Jesús Eucaristía

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos ha regalado este domingo 31 de mayo una jornada especialmente alegre para toda nuestra Unidad Pastoral de Villalegre-La Luz. Trece de nuestros niños han recibido por primera vez a Jesús Eucaristía, acompañados por sus familias, catequistas y por toda la comunidad parroquial.

Durante la celebración, nuestro párroco, D. Sergio Santa, acompañado por uno de nuestros seminaristas, Daniel, comenzó recordando algo fundamental: la importancia de cuidar el clima de oración dentro del templo. La casa de Dios es, ante todo, un lugar de encuentro con el Señor, de silencio y de oración. Es precisamente en ese silencio donde más dejamos actuar a Dios en nuestro corazón.

Un Dios que es comunión de amor

D. Sergio quiso detenerse también en la solemnidad que celebrábamos este domingo. La Santísima Trinidad nos recuerda que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres personas distintas y un solo Dios verdadero.

Compartió cómo esta verdad, aprendida desde niño en el Catecismo, ha acompañado toda su vida. Un Dios Padre que nos ama profundamente; un Dios Hijo que nos conduce al conocimiento del Padre y camina a nuestro lado; y un Espíritu Santo que guía a la Iglesia, nos convoca a la celebración de la fe y acompaña toda nuestra existencia.

Además, destacó una idea esencial para comprender nuestra fe: los cristianos no creemos en un Dios distante o encerrado en sí mismo, sino en un Dios que es comunión, amor, entrega y diálogo eterno. Un Dios que sale constantemente al encuentro del hombre.

La Primera Comunión es el comienzo

Dirigiéndose especialmente a los niños y a sus familias, recordó que se llama Primera Comunión porque todos esperamos, deseamos y anhelamos que después vengan muchas más.

Del mismo modo que el sacramento de la Penitencia no está pensado para celebrarse una sola vez, también la Eucaristía está llamada a acompañar toda la vida cristiana. Por ello, animó a los padres a seguir cultivando la fe en familia y a mantener viva la ilusión que hoy todos compartían.

La comunión, explicó, es hacerse uno con Cristo. Dios, en su infinita misericordia, ha querido hacerse alimento para nosotros. Se entrega totalmente y se deja recibir para que podamos unirnos a Él de una manera única y profunda. Un privilegio inmenso que a veces corremos el riesgo de olvidar o descuidar a la hora de recibirle.

Que hoy no sea un adiós

Al finalizar la homilía, D. Sergio pidió la bendición de Dios para estos niños, para que sigan siendo grandes amigos de Jesús y para que nunca dejen de caminar junto a Él.

Deseó que esta celebración no sea una despedida, sino el inicio de una relación cada vez más profunda con Cristo, encontrándonos cada domingo en la Eucaristía y continuando más adelante el camino de la fe en la preparación para el sacramento de la Confirmación.

La acción de gracias de los padres

Uno de los momentos más emotivos de la celebración fue la acción de gracias pronunciada por uno de los padres de los niños que hoy recibieron por primera vez a Jesús Eucaristía.

En ella dieron gracias a Dios por estos hijos que, como fruto de su amor, les ha entregado y confiado para educar y acompañar en el camino de la vida. Con emoción reconocieron que hoy los presentan ante el Señor como pequeños cristianos que han dado un paso más en su crecimiento humano y espiritual.

Recordaron también la gran responsabilidad que supone cuidar no sólo de su bienestar material, sino también de su alma, ayudándoles a descubrir a Jesús, a amar la Iglesia y a crecer como cristianos auténticos.

Desde la parroquia nos sentimos profundamente agradecidos por la confianza que las familias depositan en nuestra comunidad. Compartimos con ellas la alegría de este día y renovamos nuestro compromiso de seguir acompañando a estos niños en su camino de fe, con la ayuda de Dios y la colaboración de todos.

Con esperanza seguimos sembrando, convencidos de que el Señor continúa haciendo crecer en sus corazones la semilla que hoy celebramos.

Gracias a quienes entregan su tiempo

Nuestro párroco tuvo también palabras de agradecimiento para los catequistas y, de manera especial, para María José y Vanesa.

Esta última concluye ahora su etapa como catequista para emprender nuevos proyectos. Queremos agradecerle de corazón estos tres años de entrega generosa al servicio de nuestra comunidad. Han sido años de compromiso, dedicación y servicio, tiempo que podría haber empleado en muchas otras tareas, pero que eligió ofrecer para acompañar y formar a nuestros niños en la fe.

Nuestro agradecimiento se extiende igualmente a todos los catequistas que, de forma silenciosa y gratuita, renuncian a parte de su tiempo para ayudar a crecer a nuestra comunidad parroquial.

Nuestra enhorabuena

Como recuerdo de esta jornada tan especial, los niños recibieron también un obsequio de la parroquia.

A todos ellos, y a sus familias, les transmitimos nuestra más sincera enhorabuena. Rezamos para que la fe que hoy ha dado un paso más siga creciendo y madurando con el apoyo de sus hogares, de sus catequistas y de toda la comunidad cristiana.

Que Jesús Eucaristía ocupe siempre un lugar central en sus vidas y que esta Primera Comunión sea verdaderamente la primera de muchas más.

Fin de la novena: gran día de la Virgen de La Luz

Tras nueve días de oración, encuentro y preparación espiritual, la comunidad cristiana de nuestra UP Villalegre – La Luz celebró el día grande de la fiesta de Nuestra Señora de La Luz, Reina de la Paz, una jornada marcada por la devoción, la alegría compartida y el profundo sentimiento de pertenencia a una tradición que forma parte del alma de nuestro barrio, de Avilés y de toda la comarca.

La pequeña ermita que corona el monte volvió a convertirse en hogar para cientos de personas que acudieron a encontrarse con la Virgen. Ella, que desde hace generaciones contempla y bendice Avilés y su comarca desde este lugar privilegiado, continúa siendo para tantos fieles faro que ilumina el camino, refugio en las dificultades y madre que siempre espera a sus hijos.

La Eucaristía fue presidida por D. David Álvarez, párroco de la Unidad Pastoral de Infiesto e hijo de nuestra parroquia de Villalegre, una circunstancia que hizo especialmente emotiva la celebración para muchos de los presentes.

Son muchos los vecinos y feligreses que lo han visto crecer entre estas mismas calles, recibir aquí los primeros pasos de su formación cristiana y responder con generosidad a la llamada del Señor. Lo hemos visto crecer en estatura y en fe, compartir con nosotros tantos momentos de la vida parroquial y emprender después el camino del sacerdocio. Por eso, recibirle nuevamente en la ermita de Nuestra Señora de La Luz, presidiendo la Eucaristía del día grande de la fiesta, fue motivo de alegría, orgullo y profundo cariño para toda la comunidad.

Como hijo de esta parroquia, regresó una vez más a la casa de la Madre para compartir con nosotros una reflexión sencilla, cercana y profundamente humana sobre María, Reina de la Paz, y sobre el sentido de acudir a la ermita para encontrarnos con una Madre que nunca deja de esperar a sus hijos.

A continuación, compartimos íntegramente su homilía:


Prometo ser breve porque con el solano que estáis sufriendo, creo que hoy no es día de grandes palabras, sino de sentimientos. Porque al fin y al cabo es lo que hoy nos congrega aquí, un sentimiento, el sentirnos hijos de esta Madre de la Luz, el sentirnos hijos que siempre están en su casa, en esta pequeña ermita escondida en este monte donde tantas y tantas veces hemos venido como hijos al encuentro de una madre que siempre nos espera.

No puedo hacer otra cosa que devolverte las gracias, Sergio, amigo y compañero, por el honor y regalo de hoy presidir esta Eucaristía.

Reina de la Paz, ¿por qué es María Reina de la Paz? Porque ella nos enseña a no dejarnos vencer por nuestros miedos. Y qué gran miedo tuvo ella cuando se le aparece el ángel con ese gran anuncio: vas a traer al mundo al Hijo de Dios. Y ante sus miedos, ante su humildad, su sencillez, el ángel, la proclama llena de gracia y le dice: no temas.

Cuántas veces venimos a este lugar con nuestros miedos, nuestras incertidumbres, nuestras luchas, nuestras cargas y nos volvemos para casa un poco más descansados, un poco más llenos de ese amor de María que siempre nos guía y acompaña para llevarnos a su Hijo Jesús.

Así que venimos a pedirle esa paz, ante nuestras dificultades y luchas, nuestros proyectos e ilusiones. Venimos a pedirle a María, a nuestra Madre de la Luz, que todo lo llevemos con paz.

Llevarlo con paz no es pensar que Dios nos va a borrar las cruces de nuestra vida, nuestros problemas, nuestras enfermedades y dificultades, así por un simple deseo.

Porque si Dios lo quiere así en nuestras vidas, por un plan mayor, por un bien mayor para cada uno de nosotros y de nuestras almas, estará pensado en ese plan, en ese proyecto de Dios para cada uno de nosotros.

Y así tiene que ser, con esa cruz de cada día, con esas pequeñas cargas que cuando las compartimos en comunidad, como hermanos, siempre se hacen más livianas, porque hacemos como el mismo Simón de Cirene: ayudar al mismo Jesús a cargar con la cruz de los hermanos.

Y eso se siente en esta pequeña comunidad, pues que cada sábado con fidelidad viene a celebrar la Eucaristía hasta la ermita de La Luz. Y eso se siente cuando uno viene en el día de la fiesta y son todo saludos, abrazos, alegría y un gozo que sólo puede venir del corazón de Dios para alegrarnos a cada uno de nosotros.

Así que con esa paz que hoy le venimos a pedir a María, la paz que el mundo necesita para que las malditas guerras se terminen y ojalá más pronto que tarde los seres humanos que habitamos en este mundo nos demos cuenta de que las armas, la violencia y la muerte no arreglan nada, no solucionan nada, sino que traen mayor conflicto, mayor división y mayores luchas desenfrenadas sin ningún horizonte.

Y así nuestras vidas comienzan a carecer de sentido. Y una vida que no tiene sentido no es vida, es algo que nos destruye, que nos aleja de los demás, nos aleja de Dios y nos aleja de nosotros mismos, porque comenzamos a no reconocernos, a no saber lo que somos, quién somos y a dónde vamos.

Porque si nuestra vida tiene sentido como cristianos, como hijos de ese Dios del amor y de la misericordia, es que el sentido de nuestra vida es llegar al cielo.

Por esa puerta que María siempre espera y ser esa conexión directa con el cielo cuando acudimos como hijos, que es lo que da realmente sentido a nuestras vidas: sabernos hijos de Dios para que ese Dios que siempre es Padre y que siempre nos espera en ese camino de vuelta a casa, nos reencontremos en el cielo con nuestros seres queridos difuntos, en la compañía de los santos y, cómo no, María, en ese lugar privilegiado que como Madre de Dios, como Madre de Jesús, consciente en ese trono de alegría, de sabiduría y de paz.

Así que guardamos treinta segundos de silencio, cada uno de nosotros, pues le vuelva a pedir de corazón esa paz que tanto necesitamos, esa paz que tanto ansiamos encontrar en los brazos de Dios nuestro Padre.


Una tradición que sigue viva

Si hay algo que nos llena de esperanza en cada celebración de la Virgen de La Luz es comprobar cómo nuestras tradiciones siguen pasando de generación en generación. Los ojos se nos iluminan al ver a los más pequeños llegar a los pies de la Virgen, acompañando a padres, abuelos y familiares en una devoción que forma parte de la historia de nuestro barrio.

Este año, el romero más joven apenas contaba con días de vida. Toda una imagen de esperanza. Porque mientras sigan llegando nuevos hijos a la casa de la Madre, mientras continúen escuchándose risas de niños entre los caminos que conducen a la ermita, podremos seguir diciendo con alegría que la Virgen de La Luz continúa reuniendo a su pueblo y transmitiendo su legado de fe, generación tras generación.

Yaiza y Jesús, una tradición de amor

La jornada volvió a dejarnos uno de los momentos más entrañables de las Fiestas del Puchero con la participación de Yaiza y Jesús, protagonistas de una tradición tan querida como singular.

Dice la costumbre popular que serán tantos los besos como pedazos del puchero roto contra el suelo. Una imagen festiva que cada año arranca sonrisas y aplausos entre los presentes, pero que también puede entenderse como una hermosa metáfora de la vida compartida.

Que cuando lleguen los días de alegría recuerden este momento vivido junto a todo un pueblo. Y que cuando aparezcan las dificultades —inevitables en todo camino humano— recuerden también los besos que se dieron bajo el crucero, a los pies de María. Que Nuestra Señora de La Luz ilumine siempre sus pasos y les ayude a descubrir que incluso cuando algo parece romperse, el amor sostenido por Dios es capaz de reconstruirlo todo.

Gracias por hacerlo posible

Al finalizar la celebración, nuestro párroco, D. Sergio Santa, quiso expresar su agradecimiento a todas las personas que han hecho posible esta novena y esta fiesta.

De manera especial, a los sacerdotes y diáconos que nos acompañaron durante la celebración: D. David Álvarez, párroco de la U.P. de Infiesto y predicador de la fiesta; D. David Cuenca, nuestro arcipreste; D. Alejandro Soler, párroco de Las Vegas; y los diáconos D. José Luis García y D. Artemio Grande.

También a los seminaristas Daniel y Jorge, que apartaron por unas horas los libros y los exámenes para compartir con nosotros esta jornada de alegría; a Doña Mariví Monteserín, alcaldesa de Avilés, por su presencia en la celebración; a Diana, presidenta de la Cofradía de Nuestra Señora de La Luz; al Coro de La Familia; a los cofrades, vestidoras, grupo de limpieza, Asociación de Vecinos El Marapico y veteranos de la Armada de la Asociación Lepanto, así como a todos los que han colaborado generosamente para que estos días fueran posibles.

Un recuerdo especial también para Yaiza y Jesús, protagonistas de la tradicional ceremonia del puchero, con el deseo de que sigan creciendo juntos en el amor, la entrega mutua y la alegría compartida, acompañados siempre por la protección maternal de Nuestra Señora de La Luz.

Y, por supuesto, gracias a todos los vecinos, devotos, romeros y peregrinos que han llenado la ermita y sus alrededores durante estos días, haciendo visible que la devoción a la Virgen de La Luz sigue muy viva en el corazón de la comarca.

Una mesa compartida que prolonga la fiesta

La jornada concluyó con una comida de hermandad en los locales parroquiales del Sagrado Corazón, un momento de encuentro que permitió prolongar la alegría de la fiesta en torno a la mesa. Porque la Virgen de La Luz no sólo nos reúne para rezar y celebrar juntos, sino también para fortalecer los lazos de amistad, fraternidad y comunidad que nacen al compartir la fe.

Nuestro agradecimiento a todas las personas que participaron y contribuyeron a crear un ambiente de cercanía, conversación y alegría que puso de manifiesto, una vez más, el espíritu de familia que caracteriza a nuestra comunidad.

De manera especial, a Paco, que volvió a demostrar sus grandes dotes culinarias preparando una paella exquisita que hizo las delicias de todos los presentes. También a las reposteras que nos agasajaron con una variada selección de dulces y pasteles elaborados con cariño, sin olvidar, por supuesto, el tradicional puchero, tan ligado a estas fiestas y a la identidad de Villalegre.

Y cuando la comida parecía llegar a su fin, todavía quedaba tiempo para una última muestra de fraternidad. No faltaron los cantarines que, entre bromas, canciones y un ambiente de auténtica folixa, alargaron la sobremesa y arrancaron sonrisas a los presentes. Porque las mejores fiestas son aquellas que dejan el corazón lleno, y así sucedió también en esta ocasión.

Entre la oración compartida en la ermita, la alegría de la procesión, la convivencia alrededor de la mesa y el buen ambiente de la sobremesa, nuestra unidad pastoral volvió a vivir una jornada de esas que permanecen durante mucho tiempo en la memoria y en el corazón.

Bajo la mirada de la Madre

Concluye así una nueva novena, pero no termina el camino. María Santísima de La Luz continúa esperando en su ermita a todos sus hijos. Allí donde tantas generaciones han encontrado consuelo, esperanza y paz, sigue brillando la luz de una Madre que nunca deja de acompañar a su pueblo.

Que ella continúe bendiciendo a Villalegre, a Avilés y a toda la comarca, y que nos siga conduciendo siempre hacia Cristo, Príncipe de la Paz.

Séptimo y octavo día de la novena

María, fuente de paz, consuelo y fraternidad

La recta final de la novena en honor a María Santísima de La Luz, Reina de la Paz, nos ha seguido regalando profundas reflexiones que nos ayudan a descubrir cómo la Virgen continúa siendo hoy camino seguro hacia Cristo y refugio para quienes buscan esperanza en medio de las dificultades de la vida.

Cada tarde, la oración compartida en nuestra ermita ha estado acompañada por las palabras que Diana, presidenta de la Cofradía de Nuestra Señora de La Luz, ha dirigido a la Virgen y que han ayudado a expresar el sentir de todos los devotos presentes:

«que yo venga a esta novena para venerarte, amarte y para querer imitarte. Que haga esta novena como expresión de mi amor y agradecimiento a ti, que con el rezo del Santo Rosario, que es la oración, que más te agrada, intente ofrecerte mi mejor homenaje. Que tu amor de madre se deje hoy fuertemente sentir sobre todo el mundo, sobre todos tus devotos y sobre nosotros y nosotras, que te agarramos, te rezamos, te aclamamos y acudimos a ti en esta ermita en la que tienes tu trono».

Estas palabras han acompañado cada jornada de la novena, ayudándonos a poner la mirada en María y a renovar nuestra confianza en aquella que siempre nos conduce hacia Cristo.

Séptimo día

D. Carlos Alberto Aldave, párroco de la Unidad Pastoral de Trubia, nos invitó a contemplar a María como refugio y consuelo para quienes cargan con el peso de la cruz.

Partiendo de una realidad que todos conocemos, el sufrimiento y las dificultades que acompañan la vida humana, recordó cómo nuestros mayores encontraron en la Virgen el lugar donde descansar el corazón y recuperar la esperanza.

«Todos llevamos nuestra cruz, como la llevaban los antiguos, pero ellos ante ese sufrimiento encontraron el lugar del consuelo, encontraron la fuente donde brota el agua limpia y allí, enjugaron sus lágrimas, allí encontraron el tesoro del cielo, porque encontraron a nuestra señora la purísima, la madre, la reina de la paz, la madre de misericordia, la torre de David, la torre de Marfil, la casa de oro, el arca de la nueva alianza, como le solemos decir con estas hermosas jaculatorias del Rosario.»

Una reflexión que nos ayudó a comprender que la devoción a la Virgen no es una simple tradición heredada, sino una experiencia viva que ha sostenido la fe de tantas generaciones.

«Así ellos nos lo transmitieron y así nosotros lo repetimos cada año, porque es un tesoro, el más grande que podemos dejar a nuestros niños y a nuestros jóvenes. Es decirles dónde está la fuente de paz, dónde está la luz del mundo que ilumina nuestra vida.»

Octavo día

D. Andrés Fernández, párroco de la Unidad Pastoral de La Asunción–San Juan XXIII de Gijón, comenzó su reflexión poniendo en valor el inmenso regalo que supone contar con un santuario mariano como el de Nuestra Señora de La Luz.

«¡Qué hermosura y qué gracia de Dios el poder tener en una parroquia, en una unidad pastoral, en un Arciprestazgo, en una ciudad, un santuario! Es una gracia de Dios y un santuario dedicado a María Santísima bajo la advocación de la Virgen de la Luz.»

A partir de ahí, nos invitó a profundizar en el significado de la luz como signo de vida, esperanza e ilusión, recordándonos que la auténtica paz cristiana nace de una relación viva con Dios.

«La Luz es siempre signo de vida, de esperanza, de ilusión, de novedad.»

Mirando a María, destacó cómo su vida entera fue un testimonio de confianza absoluta en Dios y cómo esa confianza sigue siendo fuente de paz para quienes se acercan a ella.

«Mientras el mundo grita, María escucha; mientras otros desconfían, María cree; mientras muchos huían de la cruz, María está al pie de la cruz. Por eso donde está María aparece la paz. Pero la paz no como un sentimiento, no como una emoción, sino la paz que nace creando que nosotros volvamos a Dios.»

Finalmente, dirigió una llamada muy concreta a todos los cofrades y devotos de la Virgen, recordándonos que la verdadera devoción debe reflejarse en la forma de vivir y de relacionarnos con los demás.

«Por eso ser cofrade tiene que reflejar esto. Hemos de notar que somos hermanos.»

«Y yo si soy cofrade de la Virgen de La Luz amo, sirvo, no humillo; eso es vivir la paz y ser portadores de paz.»

Con estas reflexiones nos acercábamos ya a los últimos momentos de la novena, descubriendo una vez más que María Santísima de La Luz sigue siendo para todos nosotros consuelo en la dificultad, luz en el camino y escuela de paz para el corazón. Ella continúa señalándonos a Cristo, fuente de toda esperanza, y enseñándonos a vivir como auténticos constructores de paz en nuestras familias, comunidades y sociedad.

Pentecostés junto a María, Reina de la Paz

Sexto día de novena

Ayer, sexto día de la novena en honor a María Santísima de La Luz, Reina de la Paz, coincidió este año con la solemnidad de Pentecostés, una de las celebraciones más importantes para la Iglesia universal. En este marco tan especial, nuestro párroco, D. Sergio Santa, presidió la Eucaristía y compartió una predicación profundamente sentida, cercana y llena de esperanza, que fue calando en el corazón de todos los presentes.

La celebración vivió además un clima especialmente solemne y emotivo gracias al acompañamiento musical del coro, La Familia, que ayudó a embellecer aún más cada momento de la liturgia y favoreció ese ambiente de oración, recogimiento y encuentro con Dios propio de una festividad tan importante como Pentecostés.

Las palabras de nuestro párroco nos invitaron a mirar a María como verdadera mujer de paz, capaz de conducirnos hacia Cristo incluso en medio de las heridas, angustias y divisiones que tantas veces marcan nuestra vida cotidiana. Una reflexión intensa y profundamente humana que nos recordó que la paz verdadera no nace de tener una vida sin problemas, sino de permanecer unidos a Dios.

Además, al finalizar la celebración, vivimos uno de los momentos más emotivos de esta novena: la acogida de siete nuevos cofrades de la Virgen de La Luz y la imposición de sus medallas. Entre ellos, nuestro propio párroco, D. Sergio Santa, que este año vive por primera vez la novena junto a nuestra comunidad y para quien imploramos continúe caminando con nosotros bajo la protección especial de María en su advocación de La Luz.

También queremos agradecer las palabras llenas de cariño y cercanía de Diana, presidenta de la cofradía, que cada día nos ayuda a profundizar el sentido de esta novena y que acogió a las nuevas cofrades transmitiendo ese rostro materno de la Iglesia que siempre espera con los brazos abiertos, como nuestra Madre, la Virgen de La Luz.

A continuación, compartimos íntegramente la predicación de nuestro párroco:


“Querida presidenta, queridos hermanos cofrades, queridos hermanos todos:

Hoy es un día especial para todos nosotros, para la Iglesia universal y también para nosotros como Iglesia parroquial, Iglesia comarcal. Es el día de Pentecostés, gran solemnidad, pero enmarcada en la novena de Nuestra Señora, la Virgen de La Luz, con un lema muy necesario en nuestros días.

Yo, antes de empezar con todos los preparativos y organizando un poco cómo íbamos a desarrollar esta novena, hablaba con la presidenta y con algunas personas más: ¿qué?, ¿qué podemos pedir a Dios para nuestro corazón?, ¿qué podemos pedirle a la Virgen para nuestras almas?

La paz.

En este mundo tan herido por guerras, por violencias, por divisiones, ansiedades, depresiones… el corazón a veces tan roto. Qué bueno mirar a la Virgen María, que no sólo nos habla de paz, sino que ella misma lleva en su corazón la paz. Ella comunica la paz a todos los que se acercan a ella.

Aquí la vemos, en esta imagen preciosa, dando a luz al Príncipe de la paz. ¿Quién mejor que ella para llevarnos a su Hijo, que es la paz?

Y la paz no es simplemente ausencia de conflictos. La paz de Cristo nace de Dios. Esa serenidad profunda que permanece incluso en medio de las tormentas. Esa paz que Cristo resucitado le dio a sus discípulos, le dio a los apóstoles y que hoy mismo hemos escuchado en el Evangelio que ha sido proclamado: “Paz a vosotros”.

El Señor Jesús constantemente nos está hablando de paz, está tranquilizando nuestro corazón, nos está llamando a la serenidad interior, aquella que sólo Él puede conceder.

¿Cuántos de nosotros, en cuántos momentos de nuestra vida, hemos sentido en nuestro corazón la decepción, la tristeza, la angustia de vivir, la tristeza del pecado cometido, la barbarie del infierno?

La Virgen María nos habla de paz. Paz que sana el corazón, paz que tranquiliza y que aviva nuestra alma.

María es una mujer que escucha y que confía. El Evangelio nos muestra a María como una mujer de silencio, de escucha, de confianza.

Fijaos que cuando el ángel le propone que va a ser la Madre de Dios, ella aún sin entender muchas cosas, aún sin saber en el problema en el que se estaba metiendo, aún sin saber todo lo que le podía venir después: “Hágase en mí según tu palabra”.

Y así comienza la verdadera paz. Cuando dejamos de luchar en contra de Dios y aprendemos a confiar en Él. Porque aunque no sabemos muy bien qué hacer, por dónde tirar, si confiamos en Él, reina la paz… en el corazón, en todos aquellos que nos rodean, pero sobre todo en las circunstancias de la vida, por más complicadas que sean.

La paz de Dios anima nuestro corazón.

Quien más y quien menos ha sentido el dolor y la angustia, la tristeza, la desesperanza, el abandono, el infierno. Pero Dios siempre nos da su paz: “La paz sea con vosotros”.

Y esa paz no sale de tenerlo todo resuelto. Nace de la esperanza nuestra en que sólo Dios puede salvarnos. Sólo Él puede sanar nuestro corazón.

Sólo Él puede hacernos felices. María es presencia de paz, es vivencia de paz. Aun en medio del dolor: ella no tuvo una vida fácil. Conoció la pobreza en Belén, la huida a Egipto, la incomprensión de sus coetáneos, el sufrimiento y finalmente el inmenso dolor de ver a su Hijo morir en la cruz. Y, sin embargo, ella nunca perdió la paz.

La vemos erguida en la cruz, con su corazón traspasado por esas espadas, pero de pie, delante de su Hijo, delante de la salvación.

La paz cristiana —nos enseña la Virgen María— no depende de que desaparezcan los problemas. No depende de que desaparezcan las angustias o el dolor; depende de permanecer unidos a Dios.

Cuántas familias cristianas, cuántos hogares cristianos, cuántas personas viven tensiones, heridas, por palabras antiguas que no se perdonaron, por vivencias con papá y mamá que nunca terminaron de resolverse, por conflictos de herencias, angustia, soledad…

María viene a conducirnos a Cristo, a ese Cristo que nace para nuestra salvación.

Y a veces pedimos la paz para el mundo, claro que sí, porque en medio de tantos conflictos, de tantas guerras, pedimos la paz para el mundo, queremos la paz para el mundo. ¿Hay paz en nuestro corazón?, ¿hay paz en mi manera de hablar?, ¿hay paz en la manera como yo trato a los demás?

¿Yo soy constructor de paz?, ¿soy constructor de reconciliación? Porque es que no puede haber paz en las familias, no puede haber paz en las naciones, no puede haber paz en las parroquias… si no hay paz en el corazón.

María nos invita a volver a la esencia: la oración, el perdón, la humildad, la confianza en Dios, el amor concreto hacia los demás.

Pidamos a Dios su paz. Esa paz que Él comunica en Pentecostés, esa paz que Él comunica con su vida, con su predicación, con su existencia.

Pidámosle a la Santísima Virgen María paz para el mundo, paz para las familias, paz para los enfermos y los que sufren, paz para quienes viven sin esperanza, paz para nuestro corazón.

Que María nos enseñe a confiar más, a perdonar más, a amar más y que, bajo su protección maternal, también nosotros podamos ser constructores de paz.”