
Tras nueve días de oración, encuentro y preparación espiritual, la comunidad cristiana de nuestra UP Villalegre – La Luz celebró el día grande de la fiesta de Nuestra Señora de La Luz, Reina de la Paz, una jornada marcada por la devoción, la alegría compartida y el profundo sentimiento de pertenencia a una tradición que forma parte del alma de nuestro barrio, de Avilés y de toda la comarca.
La pequeña ermita que corona el monte volvió a convertirse en hogar para cientos de personas que acudieron a encontrarse con la Virgen. Ella, que desde hace generaciones contempla y bendice Avilés y su comarca desde este lugar privilegiado, continúa siendo para tantos fieles faro que ilumina el camino, refugio en las dificultades y madre que siempre espera a sus hijos.
La Eucaristía fue presidida por D. David Álvarez, párroco de la Unidad Pastoral de Infiesto e hijo de nuestra parroquia de Villalegre, una circunstancia que hizo especialmente emotiva la celebración para muchos de los presentes.

Son muchos los vecinos y feligreses que lo han visto crecer entre estas mismas calles, recibir aquí los primeros pasos de su formación cristiana y responder con generosidad a la llamada del Señor. Lo hemos visto crecer en estatura y en fe, compartir con nosotros tantos momentos de la vida parroquial y emprender después el camino del sacerdocio. Por eso, recibirle nuevamente en la ermita de Nuestra Señora de La Luz, presidiendo la Eucaristía del día grande de la fiesta, fue motivo de alegría, orgullo y profundo cariño para toda la comunidad.
Como hijo de esta parroquia, regresó una vez más a la casa de la Madre para compartir con nosotros una reflexión sencilla, cercana y profundamente humana sobre María, Reina de la Paz, y sobre el sentido de acudir a la ermita para encontrarnos con una Madre que nunca deja de esperar a sus hijos.
A continuación, compartimos íntegramente su homilía:
Prometo ser breve porque con el solano que estáis sufriendo, creo que hoy no es día de grandes palabras, sino de sentimientos. Porque al fin y al cabo es lo que hoy nos congrega aquí, un sentimiento, el sentirnos hijos de esta Madre de la Luz, el sentirnos hijos que siempre están en su casa, en esta pequeña ermita escondida en este monte donde tantas y tantas veces hemos venido como hijos al encuentro de una madre que siempre nos espera.
No puedo hacer otra cosa que devolverte las gracias, Sergio, amigo y compañero, por el honor y regalo de hoy presidir esta Eucaristía.
Reina de la Paz, ¿por qué es María Reina de la Paz? Porque ella nos enseña a no dejarnos vencer por nuestros miedos. Y qué gran miedo tuvo ella cuando se le aparece el ángel con ese gran anuncio: vas a traer al mundo al Hijo de Dios. Y ante sus miedos, ante su humildad, su sencillez, el ángel, la proclama llena de gracia y le dice: no temas.
Cuántas veces venimos a este lugar con nuestros miedos, nuestras incertidumbres, nuestras luchas, nuestras cargas y nos volvemos para casa un poco más descansados, un poco más llenos de ese amor de María que siempre nos guía y acompaña para llevarnos a su Hijo Jesús.
Así que venimos a pedirle esa paz, ante nuestras dificultades y luchas, nuestros proyectos e ilusiones. Venimos a pedirle a María, a nuestra Madre de la Luz, que todo lo llevemos con paz.
Llevarlo con paz no es pensar que Dios nos va a borrar las cruces de nuestra vida, nuestros problemas, nuestras enfermedades y dificultades, así por un simple deseo.
Porque si Dios lo quiere así en nuestras vidas, por un plan mayor, por un bien mayor para cada uno de nosotros y de nuestras almas, estará pensado en ese plan, en ese proyecto de Dios para cada uno de nosotros.
Y así tiene que ser, con esa cruz de cada día, con esas pequeñas cargas que cuando las compartimos en comunidad, como hermanos, siempre se hacen más livianas, porque hacemos como el mismo Simón de Cirene: ayudar al mismo Jesús a cargar con la cruz de los hermanos.
Y eso se siente en esta pequeña comunidad, pues que cada sábado con fidelidad viene a celebrar la Eucaristía hasta la ermita de La Luz. Y eso se siente cuando uno viene en el día de la fiesta y son todo saludos, abrazos, alegría y un gozo que sólo puede venir del corazón de Dios para alegrarnos a cada uno de nosotros.
Así que con esa paz que hoy le venimos a pedir a María, la paz que el mundo necesita para que las malditas guerras se terminen y ojalá más pronto que tarde los seres humanos que habitamos en este mundo nos demos cuenta de que las armas, la violencia y la muerte no arreglan nada, no solucionan nada, sino que traen mayor conflicto, mayor división y mayores luchas desenfrenadas sin ningún horizonte.
Y así nuestras vidas comienzan a carecer de sentido. Y una vida que no tiene sentido no es vida, es algo que nos destruye, que nos aleja de los demás, nos aleja de Dios y nos aleja de nosotros mismos, porque comenzamos a no reconocernos, a no saber lo que somos, quién somos y a dónde vamos.
Porque si nuestra vida tiene sentido como cristianos, como hijos de ese Dios del amor y de la misericordia, es que el sentido de nuestra vida es llegar al cielo.
Por esa puerta que María siempre espera y ser esa conexión directa con el cielo cuando acudimos como hijos, que es lo que da realmente sentido a nuestras vidas: sabernos hijos de Dios para que ese Dios que siempre es Padre y que siempre nos espera en ese camino de vuelta a casa, nos reencontremos en el cielo con nuestros seres queridos difuntos, en la compañía de los santos y, cómo no, María, en ese lugar privilegiado que como Madre de Dios, como Madre de Jesús, consciente en ese trono de alegría, de sabiduría y de paz.
Así que guardamos treinta segundos de silencio, cada uno de nosotros, pues le vuelva a pedir de corazón esa paz que tanto necesitamos, esa paz que tanto ansiamos encontrar en los brazos de Dios nuestro Padre.
Una tradición que sigue viva
Si hay algo que nos llena de esperanza en cada celebración de la Virgen de La Luz es comprobar cómo nuestras tradiciones siguen pasando de generación en generación. Los ojos se nos iluminan al ver a los más pequeños llegar a los pies de la Virgen, acompañando a padres, abuelos y familiares en una devoción que forma parte de la historia de nuestro barrio.

Este año, el romero más joven apenas contaba con días de vida. Toda una imagen de esperanza. Porque mientras sigan llegando nuevos hijos a la casa de la Madre, mientras continúen escuchándose risas de niños entre los caminos que conducen a la ermita, podremos seguir diciendo con alegría que la Virgen de La Luz continúa reuniendo a su pueblo y transmitiendo su legado de fe, generación tras generación.
Yaiza y Jesús, una tradición de amor
La jornada volvió a dejarnos uno de los momentos más entrañables de las Fiestas del Puchero con la participación de Yaiza y Jesús, protagonistas de una tradición tan querida como singular.
Dice la costumbre popular que serán tantos los besos como pedazos del puchero roto contra el suelo. Una imagen festiva que cada año arranca sonrisas y aplausos entre los presentes, pero que también puede entenderse como una hermosa metáfora de la vida compartida.
Que cuando lleguen los días de alegría recuerden este momento vivido junto a todo un pueblo. Y que cuando aparezcan las dificultades —inevitables en todo camino humano— recuerden también los besos que se dieron bajo el crucero, a los pies de María. Que Nuestra Señora de La Luz ilumine siempre sus pasos y les ayude a descubrir que incluso cuando algo parece romperse, el amor sostenido por Dios es capaz de reconstruirlo todo.
Gracias por hacerlo posible
Al finalizar la celebración, nuestro párroco, D. Sergio Santa, quiso expresar su agradecimiento a todas las personas que han hecho posible esta novena y esta fiesta.

De manera especial, a los sacerdotes y diáconos que nos acompañaron durante la celebración: D. David Álvarez, párroco de la U.P. de Infiesto y predicador de la fiesta; D. David Cuenca, nuestro arcipreste; D. Alejandro Soler, párroco de Las Vegas; y los diáconos D. José Luis García y D. Artemio Grande.
También a los seminaristas Daniel y Jorge, que apartaron por unas horas los libros y los exámenes para compartir con nosotros esta jornada de alegría; a Doña Mariví Monteserín, alcaldesa de Avilés, por su presencia en la celebración; a Diana, presidenta de la Cofradía de Nuestra Señora de La Luz; al Coro de La Familia; a los cofrades, vestidoras, grupo de limpieza, Asociación de Vecinos El Marapico y veteranos de la Armada de la Asociación Lepanto, así como a todos los que han colaborado generosamente para que estos días fueran posibles.

Un recuerdo especial también para Yaiza y Jesús, protagonistas de la tradicional ceremonia del puchero, con el deseo de que sigan creciendo juntos en el amor, la entrega mutua y la alegría compartida, acompañados siempre por la protección maternal de Nuestra Señora de La Luz.
Y, por supuesto, gracias a todos los vecinos, devotos, romeros y peregrinos que han llenado la ermita y sus alrededores durante estos días, haciendo visible que la devoción a la Virgen de La Luz sigue muy viva en el corazón de la comarca.
Una mesa compartida que prolonga la fiesta
La jornada concluyó con una comida de hermandad en los locales parroquiales del Sagrado Corazón, un momento de encuentro que permitió prolongar la alegría de la fiesta en torno a la mesa. Porque la Virgen de La Luz no sólo nos reúne para rezar y celebrar juntos, sino también para fortalecer los lazos de amistad, fraternidad y comunidad que nacen al compartir la fe.
Nuestro agradecimiento a todas las personas que participaron y contribuyeron a crear un ambiente de cercanía, conversación y alegría que puso de manifiesto, una vez más, el espíritu de familia que caracteriza a nuestra comunidad.
De manera especial, a Paco, que volvió a demostrar sus grandes dotes culinarias preparando una paella exquisita que hizo las delicias de todos los presentes. También a las reposteras que nos agasajaron con una variada selección de dulces y pasteles elaborados con cariño, sin olvidar, por supuesto, el tradicional puchero, tan ligado a estas fiestas y a la identidad de Villalegre.

Y cuando la comida parecía llegar a su fin, todavía quedaba tiempo para una última muestra de fraternidad. No faltaron los cantarines que, entre bromas, canciones y un ambiente de auténtica folixa, alargaron la sobremesa y arrancaron sonrisas a los presentes. Porque las mejores fiestas son aquellas que dejan el corazón lleno, y así sucedió también en esta ocasión.
Entre la oración compartida en la ermita, la alegría de la procesión, la convivencia alrededor de la mesa y el buen ambiente de la sobremesa, nuestra unidad pastoral volvió a vivir una jornada de esas que permanecen durante mucho tiempo en la memoria y en el corazón.

Bajo la mirada de la Madre
Concluye así una nueva novena, pero no termina el camino. María Santísima de La Luz continúa esperando en su ermita a todos sus hijos. Allí donde tantas generaciones han encontrado consuelo, esperanza y paz, sigue brillando la luz de una Madre que nunca deja de acompañar a su pueblo.
Que ella continúe bendiciendo a Villalegre, a Avilés y a toda la comarca, y que nos siga conduciendo siempre hacia Cristo, Príncipe de la Paz.
