La Opinión de…..

Padre Juan — Monasterio de Villoria de Orbigo

Entrevista al padre Juan, sacerdote y monje premonstratense del Monasterio de Villoria de Órbigo

Por Félix Amorín Adán

Monasterio de Villoria de Órbigo, 20 de julio de 2018

Félix Amorín. Buenas tardes, padre Juan. Muchas gracias por recibirme. ¿A qué congregación pertenece? ¿Cuál es su forma de vida?

Padre Juan. Nuestra espiritualidad es premonstratense, fundada por San Norberto en 1121. San Norberto es alemán y funda, en Francia, en un lugar llamado Premontré, la orden. De ahí la denominación, “premonstratense”.

¿Cómo vivimos nosotros esta espiritualidad? En primer lugar, la importancia de la vida en común, la vida en comunidad según una regla, en nuestro caso es la regla de San Agustín. San Agustín es de los primeros en hablar de lo que es la sola-comunidad; el término mono significa “uno”. Los hermanos son como uno solo que viven y comparten el diario vivir según el Evangelio del Señor. Al mismo tiempo, tenemos también la dimensión apostólica, que desde la fundación se preocupó de trabajar en lo pastoral, principalmente asumiendo las parroquias cercanas a los monasterios que se van fundando en las diferentes ciudades en Europa.

F-A ¿Quién fue San Norberto? ¿Con qué finalidad fundó la orden premonstratense?

P.J. Norberto nació hacia el año 1080 en un lugar de Alemania, abrazo con poco espíritu el estado clerical. Lo que cuenta la leyenda de la época: “sorprendido en el campo por una tempestad, un rayo lo derribo del caballo. Ante aquella lección de la muerte siempre al acecho, cambia de vida, se vuelve a Dios, renuncia a su canonia y se consagra a predicar el EVANGELIO, imitando la pobreza apostólica”.

Años después se retira a un lugar llamado PREMONTRE (Francia) donde funda en 1120 la ORDEN DE CANONIGOS REGULARES DE PREMONTRE, con el ideal de unir la vida en comunidad y liturgia al trabajo apostólico.

Promovido seis años más tarde al Arzobispado de Magdeburgo (Alemania) Trabaja celosamente por la reforma del clero.

Murió el año 1134. Su fiesta se celebra el 6 de junio.

F.A. ¿Cómo encaja esta forma de vida monástica en la sociedad actual?

PJ. Creo que de la misma manera que en la época de San Norberto, no hay otra manera. San Norberto en su tiempo fue un reformador; sobre todo, fundamentando su idea de la vida en común a partir de la Eucaristía. En nuestra espiritualidad valoramos la preocupación por la liturgia, la liturgia de las horas, eucarística y sacramental.

Nuestra forma de vida encaja en la sociedad actual de la misma manera que la encajó San Norberto en su época, teniendo una apertura de corazón realista y verdadera, como es el Evangelio del Señor, hacia las personas. No es la idea de imponer criterios estructurados, sino más bien de caminar y de vivir con la gente tal y como es y como quiere ser. Es ahí donde nosotros nos involucramos, porque vamos mostrando no solamente la tradición de la iglesia, sino el modo de vivir el Evangelio en el mundo de hoy, y si es con Internet, bueno, será con Internet… (risas) con el i-phone…

F.A. Redundando un poco más, en una sociedad individualista, que busca lo más fácil, lo inmediato, consumista, en la que hay muchas personas con necesidades, ¿qué aporta su forma de vida? ¿cómo podríamos, desde esta forma de vida, salirnos de este individualismo?

P.J. Una de las cosas que a nosotros se nos enseña en la formación, cuando comenzamos nuestra vida en comunidad como premonstratenses, es nunca perder el sentido y la dimensión de la alegría, de la sencillez, y sobre todo de valorar el trabajo que hacemos con nuestras propias manos. Entonces, cuando hoy en día nos encontramos con una sociedad individualista, superficial, superflua, cuando todo lo tienes a mano y te resulta fácil… Si uno no contradice eso ¿cómo puede dar respuesta? Mientras nosotros no caigamos en el mismo pecado del individualismo que vive la sociedad actual; mientras no dependamos de las cosas fáciles; podemos ser un signo valedero de contradicción frente a lo que el mundo es hoy. El fundamento de esto es el Evangelio. Si el Señor dice que hay que amar incluso a los enemigos; hoy se vive en una contradicción, porque ¿qué cristiano ama hoy a su enemigo? Nosotros decimos en Chile “el que me la hace me la paga”. No sé si aquí se dice también lo mismo, “ojo por ojo, diente por diente”. Un cristiano específicamente católico… son muy pocos (no sé si contados con los dedos de las manos) capaces de amar al enemigo. Y precisamente por contradecir la perspectiva del Evangelio, la violencia crece. Esto de no ser indiferente a los signos del Evangelio, el ser contradictorio con las tendencias del mundo actual, puede ser una respuesta.

F.A. Sí, sí, claro… En relación con la pregunta anterior, ¿qué labores realizan día a día? En términos de vida pastoral, trabajos, vida contemplativa en la comunidad…

P.J. Ahora estamos involucrados directamente con la diócesis de Astorga, así que los tres somos curas párrocos de Villoria de Órbigo. Específicamente nuestro superior (el padre Rodrigo) es quien ha tomado la cabeza de la parroquia de Villoria y el padre Patricio y yo vamos a comenzar a ayudar en parroquias de los pueblos vecinos, ya sea en sacramentos, celebración de la Ecuaristía pero también en una conducción pastoral desde nuestra experiencia. Es el aporte que nos ha pedido el obispo. En la perspectiva de la vida contemplativa, el ser signo de comunidad abierto a todos los que quieran participar con nosotros. De hecho, tenemos una hospedería que han construido las madres, que nunca se ha utilizado para huéspedes externos, que solamente ha tenido el objetivo de hospedar a miembros de la orden. Nuestra idea es abrirla a creyentes y no creyentes, para que puedan participar de nuestra experiencia como creyentes que somos frente al mundo actual.

F.A. Ha dicho que vienen de Chile. Además, se han movido por varios países… ¿Cómo ha sido su llegada a España? ¿Por qué han venido aquí?

P .J. La priora de este monasterio estaba muy afligida porque las hermanas eran muy ancianas (solo quedan tres) y decidieron hace tres años, abandonar el edificio del monasterio. Ellas viven en una residencia en Astorga. Durante más de veinte años habían pedido a la orden que alguien se hiciera cargo de este monasterio. El problema está en que en la orden los únicos que hablamos español somos nosotros, los chilenos. Yo creo que esto ha sido una cosa de la gracia de Dios porque estábamos muy bien en Chile en nuestra pequeña comunidad, haciendo una pastoral de cercanía donde vivíamos, en la cordillera de los Andes, y trabajando en la fabricación de chocolate “Del Monasterio”. Pero el Señor dijo otra cosa y en cosa de dos meses hemos viajado a España en Villoria de Órbigo para seguir con el “Plan de Dios”: vivir en comunidad, orando y viviendo con las personas sus proyectos, sus inquietudes; sus penas y alegrías…Así lo quiere Dios ¿quién puede decir lo contrario?

F.A. ¿Cómo ven la Iglesia en España?

P.J. Es complicada la pregunta porque hace un mes que hemos llegado. Yo podría tener un criterio muy personal que no es el criterio de la comunidad. No es un criterio crítico necesariamente. Creo que los problemas pastorales también se viven en Chile. No sé si usted está enterado de los problemas con los obispos en Chile, que ha sido un desastre para la Iglesia allí, que tratamos de levantarnos, según lo que quiera el Espíritu Santo; porque no es una cuestión de experiencia humana que va a levantar la Iglesia en Chile. Entonces, si hemos venido aquí a España, específicamente al pueblo de Villoria de Órbigo, es para hacer la voluntad de Dios. Las personas nos han recibido con mucho cariño. Nos han aceptado tal cual somos, que es lo que yo siento como experiencia personal, y nos hablan de su vida, nos hablan de sus experiencias religiosas, de sus sueños y sus deseos, y de su alegría de que el monasterio vuelva a abrirse. Yo tengo que decir que veo la Iglesia aquí en España desde la perspectiva de la gente que estoy conociendo ahora.

F. A. Jóvenes, Iglesia, fe, compromiso. Los jóvenes se alejan de la Iglesia, de la fe, ¿qué podemos hacer?

P. J. En primer lugar, tenemos la respuesta de Jesucristo. Cuando Jesucristo dice “ven y verás”, es lo mismo que nosotros tenemos que decirles a los jóvenes es “ven y verás”, porque aunque no lo creamos, los jóvenes preguntan. El problema está en que nosotros no queremos escuchar lo que los jóvenes preguntan. Y los jóvenes hoy en día no preguntan por la existencia de Dios, sino que preguntan “¿por qué tengo que creer en Dios?”. Si nosotros hacemos un análisis racional: el problema está en que nosotros hemos impuesto la creencia en Dios a los jóvenes, y no le hemos enseñado a descubrir a Dios en el mundo de hoy. Y descubrir a Dios en el mundo de hoy es con el lenguaje del mundo de hoy, no con un lenguaje que no se entiende. ¿Y cuál es el lenguaje del mundo de hoy? No necesariamente el lenguaje de lo fácil o de lo superfluo, porque creo y siento que los jóvenes tienen también muchas cosas profundas y muchos cuestionamientos. Por ejemplo: cuando uno conversa con un joven chileno y le pregunta ¿por qué eres indiferente a la Iglesia? el responde: “Pues simplemente porque no puedo creer en una Iglesia vacía que no me acoge”; “tampoco puedo creer en una Iglesia estructuralista que me impone cosas”. “No puedo creer en una Iglesia que no es afectiva”. Esas son algunas respuestas del joven de hoy en Chile Porque no sé cómo responde el joven en España. La Iglesia en el mundo, tendría que ser más acogedora con los jóvenes y aprender a caminar más en silencio, escuchando mucho con el corazón abierto y siendo sincera con ella misma.

F-A. En todas las organizaciones tiene que haber jerarquía, organización…

P, J. Por supuesto.

F.A. ¿Quiere decir que hay que volver a la Iglesia de Jesús?

P. J. Por supuesto, claro.  Como dice el Papa Francisco, tenemos que tener el olor de las ovejas. Eso significa que si yo no me involucro con mis ovejas ¿cómo las voy a conocer? ¿Qué dice el Evangelio? El buen pastor conoce a sus ovejas y las llama por su nombre. Yo no sé si algún cura conoce los nombres de toda la gente de su comunidad (no estoy hablando del consejo pastoral ni de los que rodean al sacerdote), no sé si conoce el nombre de toda la comunidad de su comarca, de su pueblo… si ese es su rebaño, debe conocerlo. No me digan que es imposible. No sé si algún obispo conoce todos los nombres de su grey, de su diócesis. Me va a decir que es imposible. No, no es imposible. Eso es evangélico. Pero conocer el nombre de las ovejas no es solamente conocer un nombre porque el gabinete de identificación así me lo exige, no es una cuestión de una ley civil. Conocer el nombre de las ovejas significa conocer el corazón de los que están tristes, de los que están alegres, de los que tienen una buena familia, de los que no, de los separados, de aquellos que tienen problemáticas en su vida que no son comprendidas a nivel social. El pastor debe conocer a sus ovejas y tiene que conducirlas a los “pastos tiernos” y a las “aguas tranquilas”

F. A. Visto todo esto, lo que sí que podemos decir, o así lo entiendo yo, es que los sacramentos, los ritos en la Iglesia, tienen que volver a resurgir.

P.J. No, fíjese, no es que tengan que volver a resurgir. Ya están. Sabemos que son siete los sacramentos de la Iglesia. El problema está en cómo hacemos verdaderamente una pastoral sacramental. Tenemos instrucción teológica, bíblica, que son muy buenas, pero pastoral sacramental no. La pastoral sacramental, según mi entender y mi experiencia, se fundamenta en base a los signos del sacramento.

Le ponto solamente el ejemplo de una cartilla que elaborábamos en nuestra parroquia en Chile de lo que significaba la pastoral sacramental del bautismo. En cuatro encuentros tienen que prepararse los papás, o aunque sea el hijo de un padre o una madre solteros –no nos preocupa eso, nos preocupa que tienen que ser catequizados. Y hemos descubierto que la mejor manera de ser catequizados es mostrarles los signos del bautismo. El primer encuentro era sobre el signo del agua. Se reunían los 20 ó 30 que se estaban preparando y entonces teníamos una pequeña mesa muy bien adornada con un jarro con agua. Hacíamos preguntas a la gente: ¿Qué significa el agua?, ¿Qué importancia tiene el agua para la vida de las personas?, ¿Qué tiene que ver el agua con el bautismo? Nos reuníamos en grupos y la gente daba su opinión. Se escribían las respuestas en grandes papeles y luego la gente ponía el grupo y podían intercambiarlos. En la segunda parte del encuentro se trataba de vivir el signo del agua. Muchas veces estaba presente solo el catequista y otras veces también el cura párroco. El agua era bendecida y se hacía el gesto de bendecir. Como éramos adultos y los que estaban participando eran bautizados, los papás (también los padrinos pueden venir a los encuentros) se bendecían mutuamente con agua trazando la señal de la cruz en la frente. El signo del agua. Y eso ¿cuánto duraba? Máximo, 45 minutos. Esto no puede durar más. La gente se iba contenta. Así pasaba el primero, el segundo, el tercer encuentro, mostrando los diferentes signos. El agua, la luz, el aceite… y el último encuentro era sobre la convivencia, donde cada participante traía cosas para compartir, ya sea una galleta, un bizcocho, una bebida, etc. ¿Por qué? Porque si no somos capaces de vivir el bautismo desde la perspectiva de la comunidad, entonces no tiene sentido un bautismo desde la perspectiva eclesial, pasa a ser meramente un compromiso de costumbres tradicionales. Y resultó que se llegó a utilizar la cartilla en toda la diócesis, y también en otras diócesis de Chile. Como yo era párroco de una comunidad donde la parroquia tenía 18.000 habitantes, con 13 comunidades campesinas, cada catequista de las comunidades de campo hacía uso de estas cartillas y lo hacía con el lenguaje campesino, usando los elementos propios del campo, y así las personas podían entender el significado de la celebración del sacramento.  Una cosa que me llama la atención es que hemos olvidado “celebrar los sacramentos”. Los sacramentos no se ejecutan ni se administran poniéndoles un precio como si fuera lo más importante –por supuesto que es importante porque el párroco tiene que vivir- pero no es lo más importante; “importa más celebrar el sacramento” .”Los sacramentos se celebran”

F.A. Y una pregunta más personal, ¿cómo recibió usted la vocación para tomar los hábitos?

P. J. Pertenezco a una familia muy católica, muy creyente. A mi mamá y a mi papá, a los que el Señor ya vino a buscar, sobre todo a mi mamá es a quien debo mi intrusión eclesial o religiosa, el ser parte del pueblo de Dios. Mi mamá se educó con las monjas del Buen Pastor en Iquique. Yo soy de Iquique, que es un puerto en el norte de Chile, en lo que se llama la parte desértica o desierto de Atacama… fue ella la que me enseñó este amor a la Iglesia. Y una de las cosas que siempre nos dijo a los cuatro hermanos (somos cuatro hermanos) es que nunca debemos “tenerle mala” a la iglesia, nunca usó la palabra “estar en contra”, sino que nunca deberíamos “defraudarnos” de la Iglesia, pase lo que pase. Y mi mamá, una mujer que, es un orgullo, no me avergüenzo de decirlo, fue analfabeta y aprendió a leer y escribir solita (no tuvo escolaridad como la que tenemos hoy en día), desde su inteligencia del corazón, me dijo: “pasarán los obispos, pasarán los curas párrocos, pasarán los monjes, pasarán las monjas, pero la Iglesia queda, porque es obra del Espíritu Santo, no de los hombres, no es ni del Papa, ni es obra de los obispos, ni de los curas, ni de las monjas ni de los monjes, es del Espíritu Santo, y nosotros, el pueblo de Dios, somos quienes hacemos la Iglesia. Los otros conducen, mandan, ordenan, oprimen, pero jamás son creadores de la Iglesia”. Y eso me ha quedado grabado hasta el día de hoy, fue la primera catequesis que yo aprendí, de mi mamá.

La vocación, cómo despierto yo al llamado de Dios… Mire, yo no tuve ninguna aparición de ningún santo, no se me apareció tampoco el Sagrado Corazón, tampoco la Virgen de Lourdes, que son las advocaciones populares de mi zona, ni tampoco la Virgen del Carmen (hay un gran santuario en mi zona), no, tampoco tuve una llamada extraña que viniera del cielo de o de las nubes. Tampoco tuve la presencia de una paloma como signo del Espíritu Santo, sino que simplemente, conversando con mi mamá, le dije: “oye, alguna vez yo quiero ser cura”. Entonces mi mamá me dijo: “sí, está bien, pero primero tienes que estudiar, tienes que terminar tus estudios y si vas a la universidad tienes que terminar tus estudios universitarios, no sea que este llamado más adelante no resulte, y ¿cómo vas a ganarte la vida?” –mi mamá fue muy práctica. “Pero yo no me opongo, ni tampoco tu papá. Tú eres quien va a decidir”. Yo seguí los consejos de mi mamá. Terminé mis estudios, terminé la universidad y una vez terminado le dije a mi mamá, “me voy al seminario”. Me fui al seminario y comencé a participar de la espiritualidad premonstratense. Así de sencillo. Yo no puedo decir que haya sido algo extraordinario. Lo más extraordinario es que todavía sigo siendo cura, que es diferente.

F. A. Y finalmente, una recomendación o un consejo para todos los feligreses que nos van a leer en la página web de la unidad pastoral de Villalegre-La Luz, un consejo para seguir la fe, para seguir a Jesús en estos tiempos tan difíciles.

P. J. Creo que ustedes se van a decepcionar pero yo no acostumbro a dar consejos, no me gusta dar consejos. Simplemente a mí me gusta compartir y también lo hago con ustedes con mucho gusto y con mucho cariño, lo que ha sido mi experiencia de fe. Si doy un consejo, lo más probable es que ni siquiera yo lo siga. Ahora, ¿cuál es mi experiencia de fe? Es que a pesar de todas las dificultades que uno pueda vivir en la vida; o problemas que tienen su origen en las situaciones que estamos viviendo en el mundo de hoy,(también a nivel de iglesia) a pesar de eso nunca he dejado de creer y de sentir a Dios. Usted podrá decirme, vive en un monasterio y se pasa rezando todo el día… Es verdad, pero mi oración no es una jaculatoria, y esa es la otra experiencia que puedo compartir con ustedes. Mi oración no ha sido una jaculatoria ni una cosa recitada de memoria, mi oración ha sido simplemente estar en silencio y dejar que Dios hable. Y nos habla con el lenguaje humano, tiene el idioma del siglo, que lo entienden los santos (yo no me considero ningún santo) o los que verdaderamente luchamos por caminar por los caminos de santidad. Es decir, el lenguaje de Dios, si , no es otra cosa que aprender a hacer las cosas bien.

F. A. Yo tengo que decirle que el mejor consejo es la experiencia. Muchas gracias, padre Juan. Quedamos a su disposición.

P. J. Gracias a usted. También nosotros quedamos a su disposición. Cuando quieran venir a visitarnos a nuestro monasterio, bienvenidos sean. Espero no haber cometido herejía.



Titulo:  De la vieja riera de Vidriero a la actual Villalegre

 Autora:  María Josefa Sanz Fuentes

Cronista Oficial de Avilés.

                Muchos siglos han pasado para que el extremo suroriental del concejo de Avilés adquiriera la fisionomía que hoy nos ofrece. Cuando buscamos su denominación en los viejos papeles de nuestro rico archivo municipal nos topamos con la de Riera de Vidriero, que tiene su parangón en la parte opuesta al mismo con la Riera de Miranda. En ambos casos nos encontrábamos con un espacio rural, poblado de caserías, de cuyas huertas se surtía en gran parte el mercado avilesino de los lunes.

La vieja Riera de Vidriero, delimitada por los ríos de La Magdalena y Arlós, tenía su punto culminante en el alto de Luera, desde donde se dominaba toda la longitud de la ría avilesina hasta que esta chocaba con el murallón de Nieva, que la separaba del mar abierto.

En el alto de Luera, casi en la cumbre, ubicó en la Edad Media su solar una casa señorial, que edificó, algo apartada de lo que era su vivienda, una capilla en la que comenzó a recibir culto una imagen de la virgen bajo la advocación de Santa María de Luera, y que no es otra que la Virgen de la Luz, lugar de especial devoción para los avilesinos que acudían desde todas las partes del concejo y de otros de su jurisdicción, como Illas y Corvera, a celebrar la fiesta de la virgen en el mes de mayo, fiesta que tenía como alimento especial la leche presa, que se vendía en tarros de cerámica negra procedente de la otra riera, de Miranda, y que tras una trastada o desafío juvenil, tantos besos a su novia como añicos se produjeran al ser lanzado el tarro contra el suelo por el enamorado, ha convertido hoy su romería en una cita ya no solo religiosa, sino también  de celebración de un “rito” inexcusable y casi de reto para alcanzar un Guiness.

Pasó el tiempo, y en el siglo XIX, al pie de este monte de Luera, en Villalegre, se asentó una colonia de emigrantes retornados de América, es decir, de indianos, que pasaron a edificar toda una serie de residencias de mayor o menor porte, pero todas ellas de una especial característica constructiva, en la que destacaban sus jardines, poblados de palmeras, magnolios y araucarias en recuerdo de los países ultramarinos que los habían acogido. A la sombra de la colonia y de la que podríamos llamar urbanización, potenciada por la llegada al lugar del Ferrocarril del Norte y del tranvía, ayudado asimismo por atravesar su centro el viejo camino real de Avilés a Oviedo, transformado posteriormente en carretera, y por la presencia de viviendas de los obreros de la Azucarera y de otras industrias cercanas creadas por la familia Maribona, se funda una nueva parroquia, la del Sagrado Corazón de Jesús en el mismo Villalegre, segregada de la vecina de San Esteban de Molleda, ubicada en el limítrofe concejo de Corvera. La acoge una iglesia de gran sencillez constructiva, pero que pronto atrajo las miradas por su torre, rematada en un chapitel gris, y más tarde por las magníficas pinturas, que cubrieron su interior, como si de un gran tapiz se tratara, obra del pintor avilesino  Gonzalo Pérez Espolita, quien también dejó hermosos murales en la sacristía de la parroquia de San Nicolás de la villa de Avilés y enel ábside de la de San Antonio de Padua de la misma villa.

Esta iglesia, que hace unos veinte años presentaba un aspecto muy deteriorado, gracias al esfuerzo de la comunidad parroquial, encabezada por quien fue su párroco durante muchos años, D. Vicente Pañeda, ha comenzado a restaurarse, tanto en su estructura como en sus pinturas, labor en la que se continúa con la llegada hace un año de un nuevo párroco y que esperamos ver pronto culminada.

Son pues dos faros, la capilla de La Luz, cuya virgen ha sido proclamada patrona de todo el concejo de Avilés, y la parroquia del Sagrado Corazón, que se eleva sobre esas vías de comunicación que han impulsado el desarrollo de Villalegre, sin que por ello haya perdido su viejo porte campesino y señorial, quienes hacen que todos los que pasan por su entorno no puedan dejar de detenerse, admirarlas y disfrutar de las mismas.



Titulo:   Unidades Pastorales: un reto y una esperanza

 Autor:  D. Jesús Emilio Menéndez Menéndez

Vicario Episcopal de Avilés-Occidente

La Iglesia tiene una única razón de ser: anunciar el Evangelio. Una Iglesia que formamos todos los bautizados: sacerdotes, laicos y consagrados. Con la misma dignidad; aunque cada uno desde su propia vocación. Y esta tarea supera nuestras capacidades humanas; aunque las necesita todas. Porque “es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades” (Catecismo de la Iglesia Católica 811).

Y esta Iglesia de Cristo, se hace presente en las comunidades parroquiales, en la medida en la que viven en la comunión que se manifiesta y se realiza de forma singular e insustituible en la Eucaristía; sin perder de vista que sólo bajo el ministerio sagrado del obispo y formando parte de la Iglesia Diocesana se concreta la única Iglesia Universal . (Cf.Lumen Gentium 26).

Con el tiempo, las parroquias se fueron identificado más con las realidades humanas que diferencian que con la misión que une: territorio, tradición, costumbres; incluso rivalidades. Por otra parte, la necesaria constitución jerárquica de la Iglesia -que tiene que ver con el servicio de gobierno, enseñanza y santificación-, derivó hacia la ausencia de toda corresponsabilidad vocacional por parte de los laicos.

Fruto de esa situación, nos encontramos con una Iglesia que aún no ha superado una fuerte carga de clericalismo. Sobre todo, porque ha facilitado la comodidad de una feligresía que, dependiendo de un cura que lo hace todo, que lo manda todo y que lo controla todo, les hace la vida más fácil. Y de una Iglesia evangelizadora, se ha pasado a una Iglesia administradora de servicios. Y quienes forman parte de las parroquias, aprendieron más a ser clientes que miembros activos. De ahí el individualismo en la vivencia de una fe “a la carta” al margen de la comunidad. A esto se une la dificultad para mirar más allá de los muros y fronteras de “mi parroquia” y la carencia casi absoluta de sentido comunitario de pertenencia a una Iglesia Universal. Y si no hay comunidad no hay vocaciones; ni sacerdotales, ni matrimoniales, ni consagradas, ni laicales, ni misioneras. Y si no hay vocaciones, no hay posibilidad de evangelizar. Y si no se evangeliza, la Iglesia pierde su razón de ser.

Toda esta realidad que se singularizaba en “mi” párroco y en “mi parroquia” encuentra ahora una dificultad que, posiblemente, sea una ocasión para que el Espíritu Santo reconduzca nuestras propias limitaciones humanas hacia el verdadero proyecto evangelizador que necesita la Iglesia: falta la pieza clave que sostenía todo el montaje piramidal. No hay sacerdotes.

¿Qué hacer en esta situación? ¿Lamentarnos? ¿Añorar tiempos pasados? ¿Inhibirnos? No. La única solución es vivir este momento como un signo de los tiempos abiertos a la esperanza. Dios nos puede hablarnos más claro: tenemos que tomar conciencia de nuestra propia vocación y preguntarnos: y yo, como sacerdote, como laico, padre de familia, consagrado o en búsqueda de mi propio lugar en la Iglesia, ¿Qué puedo hacer para ser testigo de Jesucristo y del Evangelio en la comunión de la Iglesia?

Necesariamente, tengo que empezar por acoger lo que la misma Iglesia, después de trabajar mucho y haber reflexionado juntos, en comunión con nuestro Arzobispo, nos propone: una vuelta a la parroquia con un espíritu abierto a la llamada de Dios, generoso y emprendedor para ser testigos del Evangelio, purificados por la oración y viviendo la fraternidad de la Iglesia. Una Iglesia de creyentes y de practicantes; no de clientes y, menos, de turistas o socios ocasionales. Por eso, cuando hablamos de “Unidades Pastorales”; queremos decir:

– Que todos somos corresponsables en la vida de la Iglesia: el cura y también los laicos, con los consagrados. Por eso, no podemos ir de por libre, de forma individual; sino juntos, formando comunidad y en equipo: catequesis, liturgia, Cáritas, Manos Unidas, pastoral de la salud, pastoral familiar… Equipos interparroquiales que se complementen.

Que no podemos seguir encerrados en nuestros territorios particulares multiplicando actividades para unos pocos. Igual que nos desplazamos para otras cosas, podríamos juntarnos todos en un templo cercano a varias parroquias limítrofes –aunque fuese de forma rotativa-, expresando así de manera más explícita la fraternidad dando más realce y solemnidad a las celebraciones.

Una unidad Pastoral es, por tanto, una agrupación estable de habitantes que, viviendo en una o varias parroquias limítrofes, pueden formar una comunidad cristiana, viva y organizada y además permite desarrollar las actividades propias de una pastoral misionera y evangelizadora con la participación y colaboración activa de los fieles.

No se trata de suprimir parroquias; pero la realidad impone trabajar de forma más comunitaria, más misionera, más generosa, y más fraterna y organizada. Sólo así aseguraremos una presencia sacerdotal cualificada y una comunidad parroquial más comprometida. Y todos saldremos ganando.



Titulo:  Un centenario que corona la devoción a la Santina

 Autor:    + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

Llegó el momento esperado y así lo estamos celebrando durante este curso. Nada menos que un cumplesiglo es lo que nos mueve a tanta algazara de alegría. Hace ya cien años que nuestra querida Santina, la Virgen de Covadonga, recibió oficialmente la coronación. Sabemos que una corona sobre la cabeza siempre ha sido signo de distinción, de nobleza reconocida y compromiso por parte de quien la llevaba con dignidad responsable. Hemos visto a través de la historia tantas coronaciones de hombres y mujeres que nos mostraban así su realeza y sellaban la entrega que les implicaba ser coronados para bien de un pueblo y no simplemente como sucesión de una dinastía.

Hay una coronación atípica que ha traspasado el curso de los siglos por lo mucho que significó y el alto precio que tuvo: la coronación de espinas del Señor Jesús, nuestro Redentor. Era símbolo de una realeza, la más real de todas ellas, que sin embargo sólo se comprendía desde el servicio más humilde y desde la entrega más verdadera. Junto a esta coronación de Jesús, se nos relata en el último libro de Biblia otra que tiene a María como protagonista: «una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Apoc 12, 1). Es la antesala de lo que a continuación describirá el Apocalipsis sobre la batalla que en la historia se da entre el bien y el mal, entre lo que Dios propone y lo que el maligno quiere arrebatar. En esta encrucijada aparece María coronada de esas doce estrellas para darnos a su Hijo que será quien nos permitirá salir victoriosos de las insidias y zancadillas tentadoras del diablo. Este es el inacabado relato de la verdadera reconquista cristiana.

María coronada como reina de nuestro bien y nuestra paz. No es una princesita de un cuento de hadas lejano que nada tiene que ver con nuestras lágrimas y sonrisas, o que sea extraña ante nuestros mejores sueños o las más temidas pesadillas, sino que tal realeza así coronada está a favor de la vida y del destino al que nos ha llamado el Señor para nuestra humilde felicidad y para nuestra eterna dicha. Son ya cien años, justo los que caben en un siglo, para reconocer cómo Nuestra Señora ejerce su maternidad hacia nosotros sus hijos, acompañándonos de tantos modos en los mil vericuetos en los que una buena madre siempre nos acompaña y sostiene la virtud en el empeño de la reconquista de lo que vale la pena como pueblo, como familia y como personas.

Subimos tantas veces a ese rincón querido, verdadero corazón espiritual de Asturias, y allí vertemos nuestras plegarias que dan gracias por tantas cosas o que para tantas cosas piden gracia. Le pedimos a la Reina y Madre con un avemaría que ruegue “por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Y Ella ruega, y nos dice dónde está el camino de vuelta tras los desvaríos que zarandean nuestra vida humilde y vulnerable, esa que tiene mi nombre, mi edad y la circunstancia que la domicilia.

Todo un programa de celebraciones, peregrinaciones, eventos culturales, proyecciones misioneras y compromisos sociales que se han ido desarrollando a lo largo de este año y que, con la ayuda de Dios, continuaremos haciéndolo hasta la conclusión de este centenario especial. Le pedimos a la Virgen de Covadonga, que vuelva a nosotros su mirada en este año especial de un siglo de piedad popular por parte de sus hijos, gozosos por esta efeméride que pone ilusión revitalizadora en nuestra vida diocesana y personal. La coronación renovada sea nuestro humilde homenaje a quien deseamos sea la reina de nuestras montañas y de nuestras vidas.



Titulo:  ACONFESIONALIDAD… LAICIDAD…

 Autora: Lucia San Narciso Izquierdo

Licenciada en Psicologia y grafopsicóloga.

Miembro de sociedades científicas como son Socidrogalcohol, Patología dual, Sociedad Española de Toxicomanías

La Constitución de 1978 establece, en su artículo 14, que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Y el artículo 16, tras garantizar la libertad ideológica, religiosa y de culto, establece que “ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. España se declara, según los términos antes citados, como un Estado aconfesional. La independencia del Estado de cualquier influencia religiosa se debe entender en el contexto del derecho a la libertad religiosa. La Declaración de los Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, en su artículo 2, 1 establece que «toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración sin distinción alguna de (…) religión ». El artículo 18, además, indica que «toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia».

La vigencia de los principios de neutralidad (la no identificación del Estado con los valores de una determinada religión o ideología) y tolerancia (el respeto, dentro de los límites del orden público, de cualquier concepción por minoritaria que sea), requiere una homogeneidad ética para el mantenimiento de un orden jurídico duradero, dentro de una sociedad plural. La definición de Estado aconfesional recoge que éste no se adhiere y no reconoce como oficial ninguna religión en concreto, sí se admite la posibilidad de que pueda tener acuerdos (colaborativos o de ayuda económica principalmente) con ciertas instituciones religiosas. El papa Francisco ha dicho: «La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religiosos en la sociedad».

En cuanto al aspecto de que la iglesia exenta de pagar el IBI en este aspecto, los expertos no se ponen de acuerdo, pero la mayoría admite que es lógico que la Iglesia esté exenta de pagar el IBI teniendo en cuenta que España debe “cooperar” con las distintas confesiones. Hay que recordar que no sólo ciertas propiedades de la Iglesia católica están exentas del IBI, sino también lo están los lugares de culto, residencia y enseñanza de judíos, evangélicos y protestantes.

La iniciativa de las comuniones civiles es una vuelta de tuerca más en la ola de laicización de celebraciones y sacramentos de origen religioso que comenzó hace algo más de una década con la aparición de los bautizos civiles. Mención aparte merece el matrimonio, que es un caso distinto porque, además de un sacramento, es un contrato entre los cónyuges, por lo que siempre ha tenido un componente civil. En cambio, tanto el bautismo como la primera comunión son rituales de carácter religioso sin ningún tipo de efecto legal. Lo que hace falta es que las personas debatan estas ideas en profundidad, en conocimiento y con respeto. En países con una larga tradición democrática y laica, las posturas de un número importante de congregaciones católicas ante temas similares a los debatidos han tenido como respuesta que los feligreses tomen militancia activa en la defensa de sus convicciones.

La laicidad abierta implica reconocer la realidad plural de la condición humana y, por ende, la dimensión religiosa de la persona como una de las vertientes que configura la vida humana. Religión y Estado son cosas distintas, pero no incompatibles. El Estado tiene su ámbito de actuación, así como la religión el suyo. La laicidad abierta convoca a un fecundo entendimiento entre el Estado y las diferentes religiones con vistas a facilitar el ejercicio de uno de los derechos humanos hoy más relevantes: la libertad religiosa. Una libertad que, a pesar de los pesares y de estar en los inicios del siglo XXI, sigue siendo una asignatura pendiente en muchos países del mundo, también de los denominados desarrollados. Por parte del Estado hay que superar el laicismo combativo, a veces, claramente antirreligioso, en favor de una laicidad en la que quepan todos. La mayoría de la Unión Europea tiene constituciones laicas y está formada por sociedades secularizadas. La libertad religiosa asegura a las iglesias sus derechos y los estados fomentan formas de colaboración, en lugar de luchar contra ellas, como ocurrió en el siglo XIX y buena parte del XX. La laicidad no implica hostilidad, sino que posibilita colaboraciones y acuerdos en beneficio de la paz social, de la libertad religiosa y de la convivencia de todas las religiones.

De todos modos a pesar de la aconfesionalidad, laicidad…la psicología y la religión aunque cada una enfatiza en dimensiones diferentes del ser humano, hay un punto en el que confluyen, y es la preocupación por el hombre y por el sentido de la vida. A pesar que la religión y la psicología son dos discursos bien diferenciados entre sí, entre ellos existe una conexión y un punto de concordancia que va mas allá de lo que cada uno exalta y enfatiza: ambas se preocupan por el hombre, cada una desde una mirada particular: la religión entendiéndolo desde la relación con Dios y la psicología desde la relación consigo mismo y con los demás, dos puntos de vista no excluyentes.

Lucia San Narciso Izquierdo



Titulo: El día internacional de la Mujer… eso… ¿Qué significa? 

Autora: Madre Olga María del Redentor

Superiora del Monasterio de Valdedios

El día internacional de la Mujer… eso… ¿Qué significa? ¿Qué sentido tiene? No lo sé exactamente, pero quiero aprovechar la ocasión para afirmar que soy muy feliz por ser mujer y doy gracias a Dios que me pensó y me creó mujer. Dios hace muy bien todas las cosas. Ha hecho muy bien al hombre y a la mujer: ambos llenos de belleza y capaces para la bondad y el amor.

Muchas veces me han preguntado por el tema de la mujer y el feminismo. Nunca he acabado de entender ese empeño de algunas mujeres de vivir peleadas con los hombres y acusándoles por sistema de misoginia cuando la realidad es que ellas son violentamente andróginas.

Entiendo que se reivindique la igualdad de oportunidades y el reconocimiento de la misma dignidad, pero nada más: afirmar que el hombre y la mujer son iguales indica una alarmante miopía moral e intelectual. No somos iguales -ni física ni psicológicamente- eso es así y ya está.

Siguiendo la definición del diccionario, que dice que el feminismo es una “doctrina y movimiento social que pide para la mujer el reconocimiento de unas capacidades y unos derechos que tradicionalmente han estado reservados para los hombres”, soy feminista; pero nunca admitiré ese feminismo absurdo e irracional que dice que “ser feminista es despreciar al sexo masculino” o “ser feminista es querer ser más que el hombre”.

Ser feminista empieza por respetar a las propias mujeres en el modo en que han decidido vivir su femineidad. Algunas hemos decidido vivir nuestra vida y nuestra sexualidad de una manera concreta y tenemos derecho a ser respetadas y a no ser tachadas de “medievales” ni de “retrógradas” por las propias mujeres que, muy frecuentemente, nos atacan y condenan mucho más que los varones.

Ser feminista significa respetar que una mujer opte por la virginidad y renuncie al matrimonio, y también a la que decida ser madre y esposa y quiera quedarse en el hogar dedicada a su marido y a la educación de sus hijos.

Ser feminista es no sentirse inferior al hombre, pero tampoco superior a él. Ser feminista es vivir feliz asumiendo lo que eres y disfrutando de la esencialidad de lo femenino sin resentimientos ni rencores hacia lo masculino.

Ser mujer me ha investido de una fuerza y unas capacidades diferentes de las del varón, de las que me siento orgullosa y de las que “ejerzo”, pero sin necesidad de insultar ni agredir a nadie: la ternura, la dulzura, la fragilidad como fuerza (que no es debilidad), la capacidad de organización, el espíritu de abnegación y sacrificio…

Ser feminista de verdad significa para mí que no se instrumentalicen ni se manipulen el cuerpo de la mujer ni algo tan bello, grande y hermoso como es la maternidad. Y… lo siento, pero tengo que decirlo: quien más degrada y humilla el cuerpo de la mujer es la propia mujer cuando se presta a cosas humillantes como ofender públicamente sirviéndose de su cuerpo desnudo ¿eso es ser feminista? ¡¡No!! Eso es haber perdido la dignidad y caer muy bajo. ¿De verdad hay alguien tan tonto como para creer que aparecer en un lugar público con el torso desnudo creando una situación desagradable y embarazosa sirve para reivindicar algo? Sirve solamente para desautorizarse ipso facto y para que lo cuenten en los medios de comunicación mientras no aparece otra noticia de más fuste.

Ser feminista no puede significar ser resentida ni acomplejada, no puede significar ser violenta ni ofensiva, sino luchar por el bienestar de las mujeres del mundo entero empezando por respetar la libertad, los credos y los planteamientos vitales de todas ellas y defendiendo esto desde la dignidad, la madurez, la serenidad, la alegría y la profundidad y belleza de sentimientos de un corazón de mujer que vive agradecido por serlo.

Para mí nunca ha sido un obstáculo el ser mujer en el seguimiento del Señor. Al contrario: cada día le doy más gracias a Dios por haberme creado mujer y por haberme escogido para Él porque -observando como Jesús ha tratado a las mujeres- he entendido muchas cosas.

He leído en el Evangelio, he rastreado los diferentes episodios que se nos narran de Jesús hablando con diferentes mujeres en circunstancias tan distintas y en todas he encontrado un denominador común: ellas no han sido llamadas expresamente por Jesús. No se narra ningún pasaje evangélico en el que Jesús se dirija a una mujer llamándola a su seguimiento como hace con los apóstoles; sino que, más bien, lo que nos dice el Evangelio es que ellas le seguían y hay momentos en que se nos cuenta cómo Él ha salido al encuentro de ellas, ha entablado un diálogo con ellas, como con la mujer samaritana o con la mujer cananea, pero no hay un momento en que Él se pare y le diga: “Tú, sígueme.”

Y a veces, yo me he preguntado: “¿Por qué?” Y, examinando mi vida, he visto que a mí tampoco me llamó así. No hubo un momento de mi vida en que Jesús me encontró cara a cara y me dijo: “Tú, sígueme.” ¡No! La historia de mi vocación no ha sido así. Me encontré con Él, le fui conociendo, me enamoré de Él y, sin que Él me dijera nada… me fui con Él, porque cuando te enamoras de alguien no necesitas que te diga nada: espontáneamente vas. Así ha sido mi vocación y así he visto que ha sucedido con muchas mujeres: conociendo a Jesús, quedaban totalmente embriagadas por Él y le seguían sin más; no necesitan ser llamadas porque van enamoradas, prendadas de Él y le siguen.

También he observado que, salvo con la mujer samaritana y con la mujer cananea (que son dos pasajes con unos diálogos un poco más extensos), con el resto de las mujeres que le siguen, Jesús -al menos es esa la constancia que tenemos en el Evangelio- cruza pocas palabras, frases cortas. Y yo he querido siempre entender en esto -es una idea mía personal, pero la siento así en mi corazón- que el lenguaje y la comunicación de Jesús con estas mujeres que le seguían era de pocas palabras porque era más de corazón a corazón. Su comunicación e intimidad con ellas sobrepasa el uso de la palabra: es mucho más profundo y sustancial.

De hecho, con ellas se prodiga en gestos. Gestos simbólicos, como con María de Betania o la mujer pecadora que, cuando va a empezar el banquete en casa de Simón, se arroja a sus Pies y le cubre con sus lágrimas. El encuentro con María Magdalena en la mañana de Resurrección, es un diálogo breve: “Mujer, ¿por qué lloras?, “Si tú lo has llevado, dime donde lo has puesto.” Y la gran revelación, el nombre: “¡María!” Y ella le reconoce y ella comprende y ella cree. Es un diálogo íntimo de pocas palabras, de muchos gestos.

Ante la mujer adúltera hay pocas palabras también y hay un gesto impresionante: Jesús ante el pecado, ante el pecado evidente, ante el pecado que otros condenan, ante la mujer pecadora que quieren dar muerte, que quieren apedrear… Jesús tiene un gesto que no tiene nada que ver con las piedras ni la dureza: se inclina. Ante nuestro pecado Jesús se inclina, no hay reproches, no hay enfado, no hay condena; hay dolor, hay claridad -porque en ningún momento Él niega el pecado- hay misericordia, hay perdón.

Pero el caso que a mí más me impresiona -el que más- es el de la mujer viuda en Naim que va a enterrar su único hijo. Pasa acompañando el cortejo fúnebre con el cadáver de su único hijo y esta mujer llora, como cualquier madre que ha perdido a su hijo y lo lleva a enterrar. No dice nada, no pide nada… solamente llora y las lágrimas de esta mujer, que es madre, conmueven las entrañas de Jesús hasta tal punto que le resucita el hijo. ¡El dolor de una madre no deja indiferente a Dios!

Si nosotras fuéramos de verdad madres, mujeres con entrañas maternas y lloráramos con verdadero dolor por tantos hijos muertos -que pululan ahora mismo por el mundo pero están muertos- conmoveríamos de tal manera las entrañas de Dios que serían devueltos a la vida. Por eso he dicho muchas veces que las Carmelitas Samaritanas tenemos que resucitar muertos, pero para poder resucitar esos hijos muertos nos tienen que doler, y tenemos que llorar.

Y hay otro caso de una mujer que le dice claramente a Jesús llorando desconsolada: “Si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano.” Es la misma mujer que quebró el frasco y es la que mejor refleja nuestra vocación, porque tiene esas dos facetas: por un lado, la intercesión, el ruego, el resucitar a la vida los hermanos muertos; y por otro lado, el gesto de amor, la entrega, la delicadeza, la sintonía con los sentimientos del Corazón de Cristo, la reparación, el entregar la propia vida en holocausto. Las dos facetas de nuestra vocación las encarna ella: llorar y llorar con desconsuelo por nuestros hermanos muertos y quebrarnos y rompernos por Jesús a pesar de la incomprensión.

Y fueron ellas, las mujeres, las que han estado cerca de Jesús cuando nadie quería estar. A pesar de su debilidad, a pesar de ser consideradas débiles por ser mujeres, eran fuertes, su amor era siempre más fuerte que el miedo y era conocido por Jesús y apreciado por Él. Así lo dice cuando Simón le recrimina que se deje tocar por “esa” y Jesús confiesa que conoce el corazón de “esa”, y dice -otra vez refiriéndose a una mujer- una las cosas más preciosas que han salido de la boca del Señor: “Se le ha perdonado mucho porque ha amado mucho.” Luego Él sabía y estaba recibiendo todo el amor de aquella mujer que lloraba a sus pies. En ningún momento Él se retira o rechaza el contacto.

Y hay que añadir que la persona, el ser humano que Jesús más ha amado y ama en la vida es una mujer; que siendo Dios, cuando quiso hacerse un regalo a Sí mismo, cuando quiso un corazón absolutamente puro y limpio que fuera un regalo para Él y que le pudiera amar como Él ansiaba ser amado, ese corazón fue un corazón de una mujer. La única criatura que fue preservada del pecado original por la Pasión del Hijo, en previsión de la Pasión del Hijo, fue una mujer… porque el Corazón de Jesús desea ser amado con ternura, con delicadeza y por eso ha hizo así, por eso la creó así y le concedió los privilegios más grandes que ninguna criatura humana haya gozado jamás. Y, sin embargo, no le dio el primado, no la envió a predicar, no le dio la facultad de perdonar los pecados, ni de administrar los sacramentos, ni de dirigir la nave de la Iglesia… Es tan evidente lo que estoy diciendo que no entiendo cómo todavía hay personas que siguen machacando el mismo clavo, ¡es absurdo! No es cuestión de amor, porque nadie fue más amada que Ella, sino que es cuestión de que, en el plan de Dios, Él ha ordenado las cosas según su Sabiduría Divina le dicta; y lo normal y lo lógico es que confiemos en Él, en su Sabiduría, y acatemos lo que ha dispuesto.

La mujer en la Iglesia tiene su puesto, tiene su lugar y tiene una vocación irrenunciable a ser ministro de la ternura de Dios, ministro de la delicadeza de Dios, reflejo de la maternidad de Dios porque Dios es padre y madre, no solo es padre, también es madre. La mujer tiene que ser testigo de la ternura y la misericordia de Dios… la mujer tiene como misión redimir todos y cada uno de los gestos, la mujer tiene que enseñar el valor de la fragilidad, la fortaleza de lo pequeño, la reciedumbre de una madre… La mujer tiene que enseñar a los hombres a llorar: a llorar la soledad del Señor, a llorar la dureza de corazón, a llorar tantos hermanos que se nos mueren… La mujer en la Iglesia tiene que enseñar a acariciar, a besar, a tocar… tiene que redimir todos esos gestos que tanto miedo dan a veces y tiene que ser reflejo de la pureza de Dios: es un ministerio. La mujer en la Iglesia tiene que enseñar a adorar, a permanecer, a servir, a obedecer, a permanecer con Él y a orar, a conciliar, a reconciliar… y tiene que ser la primera a encontrarse con el Señor resucitado y correr, como María Magdalena en la mañana del domingo y como la mujer samaritana cuando se encuentra con Él junto al pozo y le reconoce como Mesías de Dios.

No tenemos que tener miedo y mucho menos sentirnos inferiores. Yo os repito que nunca me he sentido tan feliz como ahora cuando palpo todos los límites y toda la pobreza de mi naturaleza humana. No necesito nada para vivir una vida plena con Él… sino solamente estar con Él. Y subir con Él a Jerusalén, acompañarle y acercarme a Él y estar con Él; y, cuando todo sea adverso, todo esté en contra… seguir proclamándole a El, seguir enjugando sus lágrimas, seguir contemplando su Rostro… proclamarle Señor cuando todo mundo huya de Él, contemplar a Jesús hecho gusano, hecho pecado y no sentir horror sino compasión. Pero no compasión en el sentido de sentir lástima, sino compasión en el sentido más profundo de “padecer con”. Compadecer significa eso: “padecer con”, compartir todo con Él, vivir todo con Él: subir a Jerusalén con Él, ser abandonada con Él, ir al Huerto con Él, sentir el beso de Judas con Él, sentir el abandono de todos con Él, ir al Pretorio con Él, ser llamada blasfema con Él, ser tenida por loca con Él… todo con Él.

Eso es lo que hizo su Madre -el Corazón de su Madre no estuvo ni un instante separado del de Él- y al final recibir el Cuerpo muerto de Jesús como Ella. ¿Qué sentimientos embargarían el Corazón de ella cuando recogía aquel Cuerpo? ¿Cómo le miraría? Le acariciaría más con la mirada que con las manos; el Corazón de Ella estaría tan roto como el de Él, tan traspasado como el de Él. Ella tuvo un dolor que Jesús no tuvo nunca: el llevarle a la sepultura, el sepultarle, el dejarle allí. Y ella, solamente Ella -otra vez una mujer- fue la que mantuvo la fe. Ella fue la única que esperó la Resurrección.

Siempre me ha quedado el interrogante de por qué las piadosas mujeres fueron las primeras en ver al Señor Resucitado. ¿Por qué ellas son las primeras en verle Resucitado y se les encomienda la misión de anunciarlo a los apóstoles?

Eso para nosotras, Carmelitas Samaritanas del Corazón de Jesús, es todo un signo y toda una señal: nosotras estamos llamadas a anunciarlo a los apóstoles -a los apóstoles “oficiales”- vocacionadas a ser apóstoles de los apóstoles, y anunciarles y recordarles, desde la sencillez de nuestra vida, sin ninguna pretensión, que Jesús está vivo, está ahí y ha resucitado y es real. Y nuestra función en la Iglesia -una de nuestras funciones como orantes, como contemplativas- es dar testimonio de que de verdad Jesucristo está vivo y dar ese mismo testimonio a los apóstoles de hoy, recordárselo. Porque a veces los apóstoles están tan atareados en su apostolado, que se les puede borrar de delante esa verdad fundamental. Y parte de nuestro ministerio como mujeres orantes y como esposas de Cristo es recordar, ser apóstoles de los apóstoles.

A esta pregunta de ¿por qué las piadosas mujeres vieron al Resucitado primero?  Hecho que además… no deja de resultar absurdo, porque el testimonio de una mujer no tenía ningún valor entonces. Este es uno de los “absurdos” de Jesús: los niños, los pecadores, las mujeres… Lo que una mujer dijera era un cero a la izquierda, y menos todavía que un cero a la izquierda. Y Jesús se presenta a ellas antes que a nadie y les dice: “Id a mis hermanos y anunciadles que estoy vivo”.

Y los autores antiguos contestan a esta pregunta con una respuesta pues que no convence mucho, pero que está ahí. Un himno antiguo dice que las piadosas mujeres son las primeras en ver el Resucitado porque fue una mujer, Eva, la que había sido la primera en pecar. Pero yo pienso que la verdadera respuesta es otra: las mujeres fueron las primeras en verlo Resucitado porque fueron las últimas en abandonarlo cuando estaba muerto. Incluso, después de la muerte, ellas acudían en la mañana del domingo a llevar aromas al sepulcro, a seguir mostrando amor al Señor: detalles de amor, delicadezas de amor a Jesús.

Y nosotras como mujeres, mirándolas a ellas, tenemos que preguntarnos: ¿por qué ellas fueron capaces de resistir el escándalo de la cruz? ¿Nosotras vamos a ser capaces de resistir el escándalo de la cruz de igual manera que ellas? ¿Por qué permanecieron cerca de Jesús cuando todo parecía acabado e incluso sus discípulos más íntimos lo habían abandonado y algunos estaban, como los de Emaús, preparando el regreso a casa? ¿Por qué ellas permanecen? ¿Y seremos capaces nosotras de permanecer y no preparar nunca nuestro regreso a casa, nuestro abandono, de dejarnos llevar como ellos del desánimo, del desaliento, de la desilusión? ¿Cómo lo hicieron ellas para poder hacerlo nosotras igual?

La respuesta la dio anticipadamente Jesús cuando, contestando a Simón, habló acerca de la pecadora que le había lavado y besado los pies. La respuesta de Jesús es preciosa, es simple: “ha amado mucho”. Ellas pudieron resistir el escándalo de la cruz porque habían amado mucho. Luego, lo único que podemos hacer, nuestra última arma para no caer en lo que cae cualquiera en una situación así, es al amor, es amar mucho, amar sin miedo, sin límites… porque el amor a veces nos da miedo. Y nos da miedo porque… pues sencillamente porque nos hace frágiles, nos hace vulnerables y no queremos sufrir y todas esas cosas…

Las mujeres habían seguido a Jesús por Él mismo, por gratitud del bien recibido de Él, no por la esperanza de “hacer carrera” siguiéndole a Él o de lograr algo a cambio de seguirle a Él. ¡Él es el premio en sí mismo, Él basta, no hace falta nada más! ¡Jesús en sí ya es un regalo y ya es un premio! No necesito que me dé nada a cambio. Se me da Él y teniéndolo a Él, lo tengo todo.

A ellas no se les habían prometido doce tronos, ellas no habían pedido sentarse a su derecha y a su izquierda… Como está escrito -lo dice el evangelista Lucas y también el evangelista Mateo- le seguían solamente, simplemente, para servirle. Su alegría era servirle, estar con Él… el hecho de seguirle para ellas YA era un premio. Además de María, su Madre, eran las únicas que de verdad, de verdad, habían asimilado el espíritu del Evangelio: no buscaban nada, no esperaban nada. Jesús era TODO para ellas.

En este día de la mujer quiero expresar un poco mi sentir de mujer cristiana y de mujer cristiana consagrada. A mí no me ha pasado, al menos no tengo la impresión de haberlo experimientado con crudeza, pero sé que hay personas que, por el hecho de ser mujeres, se han visto discriminadas o infravaloradas y muy maltratadas y, de alguna manera, para igualarse, han querido renunciar a ser lo que de verdad somos, a ser aquello que Dios nos ha hecho. Hay mujeres que han caído en la tentación terrible de tapar y ocultar todo aquello que nos recuerde lo que somos ante todo y por encima de todo: mujeres y mujeres redimidas y salvadas y amadas tal cual Dios nos ha creado, con toda nuestra peculiar psicología y sensibilidad y delicadeza de sentimientos. Ese es un error que hay que intentar erradicar.

Tenemos que ser, por encima de todo, mujeres y no intentar tomar actitudes propias de hombres en cuanto a la fuerza, a la dureza. ¡No! ¡Eso no es de Dios! Dios no nos ha hecho así, nos ha hecho como nos ha hecho y todo Él lo ha hecho bueno y para el bien. Ha habido mujeres que, para afirmar su dignidad, han creído necesario asumir actitudes que no son propias de una mujer, que son más bien masculinas y eso es un error.

Tenemos que sentirnos agradecidas a las piadosas mujeres del Evangelio, porque ellas nos han enseñado esto: ellas no intentaron dejar de ser lo que ellas eran sino que siguieron a Jesús siendo como eran: desde su fragilidad, desde su debilidad y estuvieron con Él hasta el final.

A mí me conmueve pensar que, durante el camino al Calvario, los sollozos de de esas mujeres fueron los únicos sonidos amistosos y benevolentes que Jesús escuchó. Porque podemos imaginar una multitud furiosa que vociferaba contra Él, que mostraba su odio, su rabia… y, en medio de esa multitud, había algo que casi no se escuchaba pero que yo estoy segura de que Jesús sí que escuchó, que eran los sollozos de estas mujeres. Ellas no se avergüenzan de llorar; dicen que es poco viril llorar… pues no lo sé. Es femenino llorar y ellas lloran y demuestran su amor y su dolor llorando, no tienen ningún inconveniente. Aunque creo que llorar no es ni femenino ni masculino, sino una cuestión de sensibilidad y de prescindir del pudor a la hora de expresar emociones.

La Liturgia Bizantina, que en algunas cosas es sorprendentemente hermosa, tiene algo que no tiene en nuestra liturgia latina, que es que han honrado a las piadosas mujeres dedicándoles un domingo del año litúrgico, el segundo después de la Pascua, que toma nombre de “Domingo de las Miróforas”, esto significa las portaderas de los aromas, las portadoras de los perfumes.

Y Jesús se alegra de que en la Iglesia se honre a las mujeres que lo amaron y que creyeron en Él durante su vida. Y sobre una de ellas, una mujer que vertió en su cabeza el frasco de ungüento perfumado, María en Betania, hizo el elogio quizá más bonito que ha salido de la boca de Jesús: “dondequiera que se proclame este Evangelio, en el mundo entero se hablará también de lo que ésta ha hecho conmigo”. Ese acto de amor delicadísimo de María en Betania es también Evangelio y es una llamada a todas las mujeres de todos los tiempos a hacer justamente eso con Jesús.

En la Biblia, además, se encuentran de un extremo a otro varios mandatos de “¡ve!” o de “¡id!”, son envíos por parte de Dios. Esa es la palabra que el Señor dirige a Abrahán, dirige a Moisés y a los profetas; dirige a los apóstoles: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura.” Todos esos “id” o “ve” son dirigidos a diferentes varones, son invitaciones dirigidas a hombres. Pero existe un “id” dirigido a las mujeres, el de la mañana de Pascua, dirigido a las miróforas. Entonces les dijo Jesús: “Id y avisad a mis hermanos que vayan a Galilea. Allí me verán.” Con estas palabras, ellas quedaban constituídas como los primeros testigos de la Resurrección.

Y ese “id a Galilea, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea” es para mí muy significativo porque es mi misión como Carmelita Samaritana: el ser mirófora, el ser portadora de aromas y portadora del perfume del Evangelio y de la contemplación. Estoy llamada a invitar a todos a acudir a Galilea, a acudir al hogar íntimo de Jesús, a la intimidad con Él, a la contemplación de Él, al recogimiento con Él, a estar con Él… “Id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea, que vuelvan al amor primero, que vuelvan al origen de su llamada, al encuentro Conmigo allí, porque solamente en Galilea me verán”. Para ver a Jesús Resucitado hay que ir a Galilea.

Es el encargo expreso que Jesús da a las mujeres: “Decid a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán. Allí me verán Resucitado”. Para encontrarse con el Resucitado hay que volver a la intimidad, al recogimiento, a ese estar con Él, a ese compartir con Él, pues la vida de hogar, ese estar con Jesús en la intimidad, que sea tan íntimo, tan nuestro, que sea imposible no encontrarle, está tan cerca, es tan propio, que te das de bruces con Él continuamente. Para eso hay que volverá Galilea. Tenemos que anunciar a los apóstoles que regresen a Galilea, que vuelvan a los inicios, al amor primero, a la Buena Noticia, al Evangelio, a la sencillez. Solo allí, solo entonces podremos verle vivo y resucitado.

Para mí, mujer consagrada a Jesucristo, servirle es suficiente: mi premio es ir con Él. Nosotras no necesitamos que nos llame a voces: estamos tan enamoradas de Él que nos sale correr tras Él, ir con Él, vivir con Él, no concebimos la vida de otra manera, ni la queremos para otra cosa; y quebrar, romper nuestra vida, nuestro frasco, nuestro perfume. Esa es nuestra vocación, ya lo hemos dicho muchas veces.

Esta tarde, en nombre de todas mis hermanas, lo puedo repetir una vez más: “te queremos y no queremos otra cosa sino estar Contigo, ir Contigo a Galilea o adonde nos lleves, adonde nos quieras llevar”; y rompernos ahí y derramarnos para que el aroma de nuestro amor, de nuestra entrega inunde, invada esta Gran Casa, este Gran Hogar de todos, que es la Iglesia, y el mundo.

TITULO:

LA FE CATÓLICA A LA LUZ DEL MAGISTERIO DE BENEDICTO XVI

Rvdo. Guillermo Álvarez Rodríguez

Sacerdote, Diócesis de León

Este artículo pretende ser una breve reflexión sobre la fe católica y sobre su vivencia en nuestros días a la luz del Magisterio de la Iglesia, concretamente de una figura tan destacada y relevante como la del Papa Benedicto XVI, cuyas enseñanzas son de gran calado y utilidad para nuestro mundo de hoy.

Vivimos en pleno siglo XXI, en una realidad sujeta a numerosos y constantes cambios sociales y culturales. El relativismo, según el cual no puede haber certezas absolutas, sino personales y diversas; es una de las corrientes de pensamiento más arraigadas en nuestro mundo posmoderno, de pensamiento débil, donde no importa lo que se dice sino cómo se dice. Ello se refleja en muchas facetas de nuestra vida cultural, por ejemplo en el arte y el lenguaje.

Por eso es muy importante para las personas de fe reflexionar sobre lo que creemos, estudiar la fe, vivirla y proponerla, especialmente mediante el testimonio de una vida cristiana coherente. En ese sentido, Benedicto XVI anunciaba el inicio del “Año de la fe” a partir del 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del concilio Vaticano II, y hasta el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Cristo Rey, como conclusión del año litúrgico.

El objetivo era, en palabras del Santo Padre, “dar un renovado impulso a la misión de toda la Iglesia de llevar a los hombres fuera del desierto en el que se encuentran con frecuencia y mostrar a Cristo a la gente y el camino para crecer en su amistad” (Homilía 16-10-11) al tiempo que “recordar la belleza y la centralidad de la fe y la necesidad de reforzarla y profundizarla, tanto a nivel personal como comunitario” (Ángelus, 16-10-11). Y es que la fe, como compañera de vida, “permite percibir con una mirada siempre nueva las maravillas que Dios obra por nosotros” (Porta fidei, 15).

¿Qué es la fe? En los Hechos de los Apóstoles se nos dice “A su llegada reunieron a la iglesia y se pusieron a contar todo cuanto Dios había hecho juntamente con ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe” (Hch 14,27). Por tanto tenemos esta primera imagen de la fe como una puerta por la cual se pasa a la comunión con Dios y con su Iglesia. Y sobre ello dice Benedicto XVI que “La puerta de la fe, que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma” (Porta fidei, 1).

Y es que la fe, esencialmente, es un don: “No es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios: « ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos ». Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina.” (Homilía 21-08-11). Así mismo, el Santo Padre nos dice también que “La fe, en última instancia, es un don. Por tanto, la primera condición es permitir que nos donen algo, no ser autosuficientes, no hacerlo todo nosotros mismos, porque no podemos, sino abrirnos, conscientes de que el Señor dona realmente” (Discurso, 02-03-06).

Por tanto como personas de fe tenemos la tarea de cultivar y alimentar ese don que nos ha hecho Dios. Si no se cultiva y alimenta puede aparecer las crisis de fe, sobre la cual Benedicto XVI apunta que “La crisis actual de la fe que, en sus aspectos concretos, es sobre todo una crisis de la esperanza cristiana” (Spe salvi, 179). Es decir, si no hay esperanza no hay fe, las tres virtudes teologales están íntimamente unidas entre sí.

Sin duda que uno de los grandes males de nuestro tiempo es la falta de fe o la tibieza en la misma. El ateísmo sigue presente en nuestra época, especialmente desde el siglo XIX hasta nuestros días. En ese sentido, Benedicto XVI apunta: “Perder la fe es la extrema tentación a la que se ve sometido el creyente, es la tentación de perder la fe, la confianza en la cercanía de Dios. El justo supera la última prueba, permanece firme en la fe y en la certeza de la verdad y en la plena confianza en Dios, y precisamente así encuentra la vida y la verdad (…). En numerosos problemas somos tentados a pensar que quizá incluso Dios no me salva, no me conoce, quizá no tiene la posibilidad de hacerlo; la tentación contra la fe es la última agresión del enemigo, y a esto debemos resistir; así encontramos a Dios y encontramos la vida” (Catequesis, 07-09-11).

¿Cómo creemos? La respuesta a esta pregunta debe encontrarse en comunión con la Iglesia. En ese sentido, el Santo Padre afirma lo siguiente: “Nadie cree solo por sí mismo. Nosotros creemos siempre en la Iglesia y con la Iglesia. El dejarse insertar en una comunión de camino, de vida, de palabra, de pensamiento. Nosotros no «hacemos» la fe, pues es ante todo Dios quien la da. Pero no la «hacemos» también en cuanto que no debemos inventarla. Por decirlo así, debemos dejarnos insertar en la comunión de la fe, de la Iglesia. En sí mismo, creer es un acto católico.” (Discurso, 02-03-06). Y en esa misma línea señala que “Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la palabra de Dios.” (Homilía, 21-08-11)

¿Es razonable creer? Los católicos debemos ser fieles al mandato evangélico: “Estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra fe” (1 P, 3-15). Por ese motivo, la Iglesia siempre se ha preocupado de explicar la fe y reflexionar sobre ella, desde los tiempos de los Santos Padres, pasando por la Escolástica (Edad Media) y hasta nuestros días. Muchas son las aportaciones de los teólogos más brillantes del pensamiento católico, como Santo Tomás de Aquino o San Anselmo, por citar sólo algunos. El propio Benedicto XVI siempre ha considerado el aspecto racional de la fe y a propósito de ello ha dicho lo siguiente: “La fe tiene una dimensión racional e intelectual que le es esencial” (Discurso, 20-01-12). Y también: “Debemos vivir la fe y pensar la fe, conocerla interiormente. Así, en nosotros mismos la fe se convierte en razón, se hace razonable” (Discurso, 24-07-07).

En esa misma línea, el Santo Padre añade: “Dios entra realmente en las cosas humanas a condición de que no solo lo pensemos nosotros, sino que él mismo salga a nuestro encuentro y nos hable. Por eso la razón necesita de la fe para llegar a ser totalmente ella misma: razón y fe se necesitan mutuamente para realizar su verdadera naturaleza y su misión” (Spe salvi, 23). La fe tiene también un componente de aceptación: “Creer quiere decir, ante todo, aceptar como verdad lo que nuestra mente no comprende del todo. Es necesario aceptar lo que Dios nos revela sobre sí mismo, sobre nosotros mismos y sobre la realidad que nos rodea, incluida la invisible, inefable, inimaginable. Este acto de aceptación de la verdad revelada ensancha el horizonte de nuestro conocimiento y nos permite llegar al misterio en el que está inmersa nuestra existencia. A esta limitación de la razón no se concede fácilmente el consenso. Y precisamente aquí es donde la fe se manifiesta en su segunda dimensión: la de fiarse de una persona, no de una persona cualquiera, sino de Cristo. Es importante aquello en lo que creemos, pero más importante aún es aquel en quien creemos”. (Homilía, 28-05-06).

Testimonio. Es propio de la fe reflejarse en las buenas obras. Es decir, el testimonio coherente de los creyentes es fundamental para la evangelización y la enseñanza de la fe. Sobre este requerimiento, Benedicto XVI afirma lo siguiente: “El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado” (Porta fidei, 10). Y redunda en ese sentido al afirmar lo siguiente: “La fe no se reduce a un sentimiento privado, que quizá convenga ocultar cuando resulta incómoda, sino que implica la coherencia y el testimonio también en el ámbito público en favor del hombre, de la justicia y de la verdad.” (Ángelus, 09-10-05).

Oración. En la oración la fe y las obras se encuentran. Se reza porque se tiene fe, y la acción misma de rezar es una obra buena producto de la fe. Me gustaría terminar este artículo con estas bellas palabras que Benedicto XVI dirigía a Santa María, en nombre de todos los creyentes:

“Pidamos a la Madre de Dios que nos obtenga el don de una fe madura: una fe que quisiéramos que se asemeje, en la medida de lo posible, a la suya; una fe nítida, genuina, humilde y a la vez valiente, impregnada de esperanza y entusiasmo por el reino de Dios; una fe que no admita el fatalismo y esté abierta a cooperar en la voluntad de Dios con obediencia plena y gozosa, con la certeza absoluta de que lo único que Dios quiere siempre para todos es amor y vida.

Oh María, alcánzanos una fe auténtica y pura. Te damos gracias y te bendecimos siempre, santa Madre de Dios. Amén.” (Homilía, 31-12-06).




TITULO:

LA ECONOMÍA EN LA SOCIEDAD ACTUAL

Lara Fernández Suárez.

Licenciada en Dirección y Administración de Empresas

¿Qué objetivo mueve la sociedad actual o qué principios rigen en la sociedad de hoy en día

La respuesta a estas preguntas tiene un denominador común: nuestra economía individual.

Vivimos en un mundo globalizado, con las ventajas y desventajas que ello implica; conseguimos productos más baratos a costa de adquirirlos de mercados subdesarrollados donde la mano de obra es más barata. Esto impulsa la deslocalización de las empresas que se produce en los países desarrollados, teniendo como consecuencias el aumento del desempleo generado por esas grandes empresas que emigran para reducir sus costes de producción.

Estas prácticas empresariales son cada día más habituales, los empresarios buscan enriquecerse cada vez más a costa de lucrarse de los trabajadores que no tienen otra opción laboral más que aceptar las prácticas deshumanizadas de sus patrones.

Las herramientas para conseguir que los trabajadores tengan un salario digno y una vida laboral aceptable, en muchos casos, no se respetan; los convenios colectivos, la desigualdad entre hombres y mujeres, la participación sindical, no se conocen en las empresas más que en las que la Ley obliga a que se implanten y, aun así, no se respetan.

Nuestro afán capitalista es lo que mueve el mundo, la necesidad superlativa de ganar más, de tener más, de ser más, no entiende de personas ni de seres vivos tan siquiera, es primordial alimentar nuestros bolsillos y nuestros egos hambrientos de grandeza aunque para ello pisoteemos a personas de algún lugar del mundo.

Al igual que ocurre con las empresas, la sociedad va encaminada a lo mismo, cada día vivimos un nuevo episodio de deshumanización, de la falta de principios que implora en esta sociedad donde ya no se busca ayudar al prójimo o echar una mano a alguien que lo necesita, sino a vivir una vida mejor a cualquier costa. No somos capaces de estar agradecidos con lo que tenemos y conformarnos con mejorar poco a poco y paso a paso.

Realizar una buena obra genera desconfianza por la parte que la recibe, es difícil entender un gesto altruista hoy en día, donde se advierte a la sociedad de que no se fíen si les llaman o les pican a la puerta ante el miedo de ser engañados o estafados. Eso es algo penoso que nosotros mismos hemos creado.

Cada persona debería preguntarse cómo o en qué medida ayudar a revertir esta tendencia que nos llevará a la catástrofe más absoluta; no sólo en el terreno empresarial, sino lo que es peor, en el terreno personal donde vivimos en una sociedad sin principios y los pocos que aún los tienen son vistos como la excepción de algo que debería ser lo normal, como solía ser antes, una sociedad donde nos ayudábamos entre nosotros y así tendría que ser hoy en día, no por tener más o menos debe cambiar lo que somos.

Sólo nos queda la esperanza de que lo menos pueda lo más, que vuelva la cordura, los buenos propósitos y las buenas acciones y cambiemos entre todos a mejor la sociedad en la que vivimos.

Me gustaría creer que la bondad es algo intrínseco de las personas, sólo hay que fomentar que esa bondad salga a la luz y poco a poco hagamos de este mundo un lugar mejor.



TITULO:   

ADVIENTO: UNA LLAMADA A LA ESPERANZA

Francisco del Rey Menéndez, Párroco de UP Villalegre-La Luz

Adviento, una palabra ya muy lejana. Una palabra sin apenas contenido, perdida en el tiempo. Más allá de su significación etimológica, una palabra sin muchas resonancias. ¡Tantas y tantas palabras dormidas para siempre para vivir en el recuerdo del tiempo! La Iglesia vive y ora según un ritmo anual que diversifica nuestra vida con Dios. Es necesario vivir el misterio del Adviento, sin el cual no hay Navidad posible. Solamente desde la disponibilidad de una preparación de los caminos del Señor se llega a la plenitud de “todos verán la salvación de Dios”. Plena realización de la esperanza para los hombres de hoy y sus nuevas situaciones.

La monotonía de las semanas, de los meses, de los años, de los ciclos, con la dificultad siempre creciente de los hombres que envueltos en tensiones no acertaban a encontrar el sentido de la vida, de la historia, del destino, no podía ser un obstáculo para llegar a Aquél que era respuesta total de comunicación en Cristo Jesús. Y en el fondo de la vida y de los hombres la siempre eterna búsqueda de la espera y la esperanza. ¿Es que acaso se había cortado en este tiempo nuestro la comunicación, la fluidez con Alguien que ininterrumpidamente viene a nuestras vidas para ser respuesta total a nuestra esperanza? Es el momento de preguntarnos: ¿Esperamos verdaderamente al Señor o confiamos en otras instancias? Muy cerca de nosotros, muchos hombres no esperan a Aquel a quien nosotros esperamos y, sin embargo, esperan siempre un poco de alegría y de paz. La espera y la esperanza están inscritas en el fondo de nuestro ser.

La liturgia del Adviento, hay que reconocerlo, es paradójica. Se concentra, durante cuatro semanas, en la “venida” del Señor. El Señor vino al mundo por su nacimiento en Belén, al fin de los tiempos volverá. Pero nosotros que no estamos ya en tiempo de Cristo y tampoco todavía en el fin de los tiempos, qué sentido daremos en el año 199.., a expresiones como “preparad el camino del Señor”, “El Señor está cerca”, expresiones sustanciales del Adviento.

Vivir la vida de Jesús desde la liturgia es todo menos una bella fraseología. Se viven en el tiempo, en este tiempo, los misterios de Jesús, desde las tensiones y luchas de la propia vida.

VENIDA/ACTUAL.¿Esperar? ¿Esperar a Alguien? ¿Para qué? ¿Hay que pensar que el fin del mundo tendrá lugar dentro de unos años o hay que resignarse a pronunciar palabras que no quieren decir nada? ¿O habrá que comprender que, realmente, entre la primera Navidad y el fin del tiempo, es decir, en 1970, 1991, el Señor viene y hay que preparar el camino del Señor? Cuando se mira el mundo actual, lleno de violencias, mentiras, placeres sin sentido, lágrimas, sufrimientos, ¿nos atreveremos a decir que el Señor sigue incesante y silenciosamente viniendo a este mundo? Hace falta mucha fe para decirlo. Y, sin embargo, los que seguimos a Jesús tenemos que afirmarlo y creerlo. El Señor viene poco a poco, muy misteriosamente. No viene todavía como juez; esto será al final de los tiempos. No viene tampoco como un simple galileo, como la primera vez. Viene como el Resucitado, que lleva a cabo en los hombres su obra de salvación. Este es verdaderamente el gran misterio y la grandiosidad de la vida de la liturgia.

Viene en la suavidad y la paciencia, sin nada de espectacular, en un respeto total a cada uno de nosotros. Sin ninguna violencia, sin astucia, sin privar a nadie de su libertad, logra de una forma maravillosa venir poco a poco al corazón de los hombres. Es una formidable partida que se juega, en la que Dios se muestra en su mansedumbre, su perseverancia, su conocimiento del corazón humano. Lo que un hombre deshace por la violencia, otros, llamados por El, lo construyen mejor en la paz. Lo que un hombre destruye por sus excesos, otros, llamados por El, lo rehacen con la fuerza del amor.

Cada adviento debería ser una incesante búsqueda de Jesús. ¿Qué quiso y qué vino a traer Jesús? ¿Qué estamos haciendo cuando profesamos la fe cristiana e intentamos vivir el mensaje de Jesús imitando y siguiendo su vida? ¿Cómo debemos vivificar, reactualizar nuestra fe y nuestra esperanza en este Adviento 1991? Si Jesús es en su propia persona la respuesta de Dios a la condición humana, desde El tendremos que ofrecer a nuestros hermanos, verdaderas respuestas de salvación y de esperanza. Jesús sigue siendo la realización de la esperanza.

Francisco del Rey Menéndez, Párroco de UP Villalegre-La Luz



Sor Lola Fernández (Agustina Misionera)

 

Domund 2017

Me han pedido que haga mío este espacio “la opinión de…” para la Unidad Parroquial y precisamente por ser el mes misionero. ¿El motivo? Haber estado 40 años en misiones. Le doy gracias a nuestro Padre Dios por haberme dado la gracia, la dicha de poder entregarme incondicionalmente a su Reino, en misión ad gentes.

Mes de octubre, mes del Domund, y el lema que nos propone la Iglesia este año “SE VALIENTE, LA MISION TE ESPERA.

Con cariño voy a intentar trasmitirles algo de mi experiencia misionera, de mi experiencia como cristiana, de mi experiencia como mujer consagrada a la escucha del Maestro.

Todos en la vida somos llamados a “algo” y ese “algo” es la “misión” que nuestro Padre Dios nos ha regalado para que el mundo en que vivimos sea un poco más justo, humano y fraterno. Cristo, esta siempre atento a las necesidades de los hermanos, no importa donde estén, en cualquier continente. Nosotros, los españoles hemos sido privilegiados en el llamado a la Misión Ad Gentes. Más de 15.000 misioneros sembrando a Cristo por el mundo, y con Él, dignidad, humanidad, capacidad, ilusión de ser persona, gratitud por despertar a unos valores que no imaginaban… y como no dejando el rostro de Cristo en los corazones de las personas que ha puesto en nuestro camino.

No somos héroes, somos mujeres y hombres débiles, convencidos, que si la Gracia de Dios no nos acompaña, poco podremos hacer. Con Ella, decimos con san Pablo, “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filipenses, 4,13) el ser humano vale la pena y Cristo nos envía, no somos los más brillantes intelectualmente, pero Cristo nos regala la sensibilidad de captar las necesidades de cada hermano, será ¿poner ilusión en el niño?   En el joven desmotivado por vivir, en la mujer convencida de que es un objeto de placer y un ser hecho para el trabajo duro sin recompensa. Es bello que alguien te diga, “gracias hermana, he descubierto que a mis hijos les tengo que hablar, y no pegar”. Gracias porque me he dado cuenta que yo soy una mujer con dignidad… que necesito ser respetada.

Es gratificante, ver que las madres van a la escuela y se forman para ayudar a sus hijos, y ver que los chicos ayudan a sus madres y les hacen de maestros. Y es que en la mayoría de las ocasiones la “pobreza” no está en los bolsillos, sino en las cabezas, en los corazones desesperados.

El Domund, es el tiempo de la Misión “Ad Gentes”, es el momento de abrirnos al diferente, al hermano que no tiene ni lo necesario para verse como ser humano.

Este mes nos invita a ser colaboradores de tantos hermanos como están fuera. Respondiendo al imperativo de Jesús, “Id pues, y hacer discípulos míos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo” Mt.28, 19

Seguro que todos no podremos salir a otros pueblos a misionar.

Pero si todos, estamos llamados a colaborar con los que hemos sido agraciados con ese estilo de vida, ¿Cómo? Sencillo, el misionero, la misionera necesita ser muy valiente, muy fuerte, perder miedos, que a veces los tiene, ser audaz, atrevido a veces. Se tú, el corazón que pide al Padre por ellos…. Transmíteles fuerza desde aquí… sé apoyo moral para ellos. Los misioneros muchas veces nos caemos, y necesitamos un empujoncito, una palabra amable, un saber que no estamos solos…. Que el Reino también es parte tuya.

Otra forma de apoyo es la ayuda económica… no es la fundamental, pero si necesaria, se puede compartir, no hace falta grandes cantidades, si no tienes, si tienes, ¡se generoso!.

Colabora en las parroquias, en los colegios religiosos que tienen misiones. A través de una persona que sabemos que está en la misión.

Se puede ayudar de muchas formas, pero hay otra que ha decaído, que se ha devaluado, que la admiramos en el otro, pero “eso, no es para mí”. Es necesario responder al llamado de Cristo, que nos interpela, nos invita, nos urge a seguirle. No te hagas el sordo, Se Valiente. RESPONDELE.

El misionero, necesita nuestras fuerzas, nuestro apoyo. Os aseguro que hay muchos momentos de desaliento, ganas de tirar la toalla, situaciones de impotencia… reza por ellos. Muchos pierden la vocación, el dolor es tan fuerte…. Cristo nos pide ser audaces, valientes, y nuestra debilidad se hace fuerte en Él, por eso reza, pide por los misioneros.

Hay veces que abres las puertas de la escuela y unos ojos grandes te miran y te dicen: “hambre hermana, hambre”. Y tu debilidad desaparece para acercarle un vaso de leche y un trozo de pan, o algo que se le parece… otras veces ver la necesidad y gritas al mundo, para hacer un internado, donde puedan educarse durante la semana y que no caminen 4 0 5 km. Para ir todos los días al centro.

“Todo lo podemos” colabora da una parte de ti. Sin ti, no sería posible la misión de tantos misioneros. Al misionero Ad Gentes le toca pelearlo. A ti, ayudarlo desde aquí.

Hoy en los seminarios de alguna diócesis, españolas, tenemos a jóvenes africanos formándose para sacerdotes…

¡¡¡ Gracias Señor!!!

No te minusvalores: juégate, “Se VALIENTE, LA MISION TE ESPERA”. Cristo te lo recompensará, en satisfacción y felicidad.

Para cada uno de ustedes mi oración y abrazo fraterno.

Sor Lola Fernández

(Agustina Misionera)

TITULO:   

Ante el sufrimiento social

Dra. Noelia Bueno Gómez

Profesora de Filosofía de la Universidad de Innsbruck

Noelia.bueno-gomez@uibk.ac.at

En la sociedad occidental contemporánea el sufrimiento es ampliamente considerado un asunto privado y subjetivo, algo que concierne a los individuos y que se trata individualmente. Sin embargo, existe un tipo de sufrimiento de tipo social, que es aquel sufrimiento causado por problemas sociales, prácticas institucionales, determinadas legislaciones, injusticias, violencia social, conflictos o guerras, y sistemas económicos. Este sufrimiento es social porque está causado por disfunciones de los sistemas que rigen y organizan una sociedad, tanto a nivel institucional como a nivel económico y social. Es cierto que este sufrimiento social se padece individualmente, cada sujeto lo sufre en sus propias carnes, pero la causa del mismo no es de tipo individual (no es como el sufrimiento que nos puede causar la pérdida de un ser querido, una desgracia personal o un accidente), sino que un colectivo de personas sufren a consecuencia de determinadas disfunciones sociales. Un caso claro es el desempleo: el sistema social y económico que no es capaz de proporcionar un empleo que les permita ganarse la vida a todas las personas que lo desean es disfuncional y, como consecuencia, genera sufrimiento social. Hay casos muy claros, como las guerras o los conflictos armados; hay otros casos menos claros, como por ejemplo la discriminación social por cuestión étnica, de sexo o edad, que también generan sufrimiento a los colectivos que las padecen.

Nuestra sociedad contemporánea, tecnocientífica y capitalista, tiende a abordar el sufrimiento como si fuera todo igual. Se trata de una sociedad tecnocientífica porque en ella prima la respuesta técnica y científica a los problemas, porque los recursos más legitimados para resolver cualquier problema son de tipo técnico y científico. La sociedad tecnocientífica tiende a tratar todo el sufrimiento con medios médicos, incluyendo la psiquiatría y la psicología, en un contexto de mercantilización de la asistencia y de los productos vinculados a ella. De hecho, la dependencia de fármacos es cada vez mayor, y también la tendencia a patologizar diversos aspectos de la vida cotidiana que en épocas pasadas se resolvían de otro modo, no médicamente –como por ejemplo el luto. Ahora bien, el sufrimiento social requiere de otro tipo de respuestas y soluciones que no sólo conciernen a la medicina: mejores organizaciones sociales, leyes, instituciones, mejoras en el sistema económico. Dicho de otra manera, tratar el desempleo con antidepresivos no va a resolver el problema del desempleo. Además, y esta cuestión es crucial, son los afectados por un determinado tipo de sufrimiento social quienes tienen que formar parte activa de la elaboración de esas mejoras y respuestas.

Una fuente clara de sufrimiento social en nuestra sociedad es el sistema económico actual, al que se denomina tardocapitalismo para diferenciarlo de otras fases anteriores del capitalismo. La precariedad y la escasez del empleo derivadas de las condiciones económicas, el cortoplacismo y las necesidad constante de readaptarse a las demandas del mercado (entre otras características descritas por sociólogos como Richard Sennett) generan un fuerte sufrimiento social, en forma de aislamiento, estrés, ansiedad, desarraigo, inseguridad ontológica (la desesperación generada por la amenaza del paro, la pérdida de las seguridades vitales que requiere toda persona), etc. La crisis económica ha multiplicado y agravado estas situaciones en nuestro país.

¿Qué respuestas han mostrado su validez y utilidad ante el sufrimiento social? Algunos analistas han mostrado sus sorpresa ante la capacidad de la población española para sostenerse con las altísimas tasas de paro que se han llegado a alcanzar en los últimos años, y no sin sorpresa han visto que el apoyo familiar y las redes de apoyo mutuo como Cáritas han sido cruciales para sobrevivir al desastre económico y social que aún persiste. La mejor forma de respuesta social ante las imposiciones de un sistema económico injusto, que fomenta la competitividad y el individualismo, es poner en práctica todos aquellos valores que lo contrarrestan, es decir, los lazos sociales de proximidad tales como la vecindad (tan arraigada en la sociedad asturiana tradicional), la cooperación, la solidaridad, reutilizar frente a consumir compulsivamente, donar en lugar de tirar, colaborar en lugar de competir. Un claro ejemplo son los bancos de tiempo, en los que los vecinos intercambian horas de trabajo sin dinero de por medio (un corte de pelo por una clase de inglés, por ejemplo), fomentando así los lazos sociales y la integración social, el reconocimiento mutuo y la cooperación. Dar lo que nos sobra es sin duda mejor que tirarlo, pero mucho mejor aún es intercambiarlo, porque, entre otras cosas, eso nos pone rostro, tanto a nuestro vecino como a nosotros mismos.

Bibliografía

Richard Sennett, La corrosión del carácter. Barcelona, Anagrama, 2006.