Pentecostés junto a María, Reina de la Paz

Sexto día de novena

Ayer, sexto día de la novena en honor a María Santísima de La Luz, Reina de la Paz, coincidió este año con la solemnidad de Pentecostés, una de las celebraciones más importantes para la Iglesia universal. En este marco tan especial, nuestro párroco, D. Sergio Santa, presidió la Eucaristía y compartió una predicación profundamente sentida, cercana y llena de esperanza, que fue calando en el corazón de todos los presentes.

La celebración vivió además un clima especialmente solemne y emotivo gracias al acompañamiento musical del coro, La Familia, que ayudó a embellecer aún más cada momento de la liturgia y favoreció ese ambiente de oración, recogimiento y encuentro con Dios propio de una festividad tan importante como Pentecostés.

Las palabras de nuestro párroco nos invitaron a mirar a María como verdadera mujer de paz, capaz de conducirnos hacia Cristo incluso en medio de las heridas, angustias y divisiones que tantas veces marcan nuestra vida cotidiana. Una reflexión intensa y profundamente humana que nos recordó que la paz verdadera no nace de tener una vida sin problemas, sino de permanecer unidos a Dios.

Además, al finalizar la celebración, vivimos uno de los momentos más emotivos de esta novena: la acogida de siete nuevos cofrades de la Virgen de La Luz y la imposición de sus medallas. Entre ellos, nuestro propio párroco, D. Sergio Santa, que este año vive por primera vez la novena junto a nuestra comunidad y para quien imploramos continúe caminando con nosotros bajo la protección especial de María en su advocación de La Luz.

También queremos agradecer las palabras llenas de cariño y cercanía de Diana, presidenta de la cofradía, que cada día nos ayuda a profundizar el sentido de esta novena y que acogió a las nuevas cofrades transmitiendo ese rostro materno de la Iglesia que siempre espera con los brazos abiertos, como nuestra Madre, la Virgen de La Luz.

A continuación, compartimos íntegramente la predicación de nuestro párroco:


“Querida presidenta, queridos hermanos cofrades, queridos hermanos todos:

Hoy es un día especial para todos nosotros, para la Iglesia universal y también para nosotros como Iglesia parroquial, Iglesia comarcal. Es el día de Pentecostés, gran solemnidad, pero enmarcada en la novena de Nuestra Señora, la Virgen de La Luz, con un lema muy necesario en nuestros días.

Yo, antes de empezar con todos los preparativos y organizando un poco cómo íbamos a desarrollar esta novena, hablaba con la presidenta y con algunas personas más: ¿qué?, ¿qué podemos pedir a Dios para nuestro corazón?, ¿qué podemos pedirle a la Virgen para nuestras almas?

La paz.

En este mundo tan herido por guerras, por violencias, por divisiones, ansiedades, depresiones… el corazón a veces tan roto. Qué bueno mirar a la Virgen María, que no sólo nos habla de paz, sino que ella misma lleva en su corazón la paz. Ella comunica la paz a todos los que se acercan a ella.

Aquí la vemos, en esta imagen preciosa, dando a luz al Príncipe de la paz. ¿Quién mejor que ella para llevarnos a su Hijo, que es la paz?

Y la paz no es simplemente ausencia de conflictos. La paz de Cristo nace de Dios. Esa serenidad profunda que permanece incluso en medio de las tormentas. Esa paz que Cristo resucitado le dio a sus discípulos, le dio a los apóstoles y que hoy mismo hemos escuchado en el Evangelio que ha sido proclamado: “Paz a vosotros”.

El Señor Jesús constantemente nos está hablando de paz, está tranquilizando nuestro corazón, nos está llamando a la serenidad interior, aquella que sólo Él puede conceder.

¿Cuántos de nosotros, en cuántos momentos de nuestra vida, hemos sentido en nuestro corazón la decepción, la tristeza, la angustia de vivir, la tristeza del pecado cometido, la barbarie del infierno?

La Virgen María nos habla de paz. Paz que sana el corazón, paz que tranquiliza y que aviva nuestra alma.

María es una mujer que escucha y que confía. El Evangelio nos muestra a María como una mujer de silencio, de escucha, de confianza.

Fijaos que cuando el ángel le propone que va a ser la Madre de Dios, ella aún sin entender muchas cosas, aún sin saber en el problema en el que se estaba metiendo, aún sin saber todo lo que le podía venir después: “Hágase en mí según tu palabra”.

Y así comienza la verdadera paz. Cuando dejamos de luchar en contra de Dios y aprendemos a confiar en Él. Porque aunque no sabemos muy bien qué hacer, por dónde tirar, si confiamos en Él, reina la paz… en el corazón, en todos aquellos que nos rodean, pero sobre todo en las circunstancias de la vida, por más complicadas que sean.

La paz de Dios anima nuestro corazón.

Quien más y quien menos ha sentido el dolor y la angustia, la tristeza, la desesperanza, el abandono, el infierno. Pero Dios siempre nos da su paz: “La paz sea con vosotros”.

Y esa paz no sale de tenerlo todo resuelto. Nace de la esperanza nuestra en que sólo Dios puede salvarnos. Sólo Él puede sanar nuestro corazón.

Sólo Él puede hacernos felices. María es presencia de paz, es vivencia de paz. Aun en medio del dolor: ella no tuvo una vida fácil. Conoció la pobreza en Belén, la huida a Egipto, la incomprensión de sus coetáneos, el sufrimiento y finalmente el inmenso dolor de ver a su Hijo morir en la cruz. Y, sin embargo, ella nunca perdió la paz.

La vemos erguida en la cruz, con su corazón traspasado por esas espadas, pero de pie, delante de su Hijo, delante de la salvación.

La paz cristiana —nos enseña la Virgen María— no depende de que desaparezcan los problemas. No depende de que desaparezcan las angustias o el dolor; depende de permanecer unidos a Dios.

Cuántas familias cristianas, cuántos hogares cristianos, cuántas personas viven tensiones, heridas, por palabras antiguas que no se perdonaron, por vivencias con papá y mamá que nunca terminaron de resolverse, por conflictos de herencias, angustia, soledad…

María viene a conducirnos a Cristo, a ese Cristo que nace para nuestra salvación.

Y a veces pedimos la paz para el mundo, claro que sí, porque en medio de tantos conflictos, de tantas guerras, pedimos la paz para el mundo, queremos la paz para el mundo. ¿Hay paz en nuestro corazón?, ¿hay paz en mi manera de hablar?, ¿hay paz en la manera como yo trato a los demás?

¿Yo soy constructor de paz?, ¿soy constructor de reconciliación? Porque es que no puede haber paz en las familias, no puede haber paz en las naciones, no puede haber paz en las parroquias… si no hay paz en el corazón.

María nos invita a volver a la esencia: la oración, el perdón, la humildad, la confianza en Dios, el amor concreto hacia los demás.

Pidamos a Dios su paz. Esa paz que Él comunica en Pentecostés, esa paz que Él comunica con su vida, con su predicación, con su existencia.

Pidámosle a la Santísima Virgen María paz para el mundo, paz para las familias, paz para los enfermos y los que sufren, paz para quienes viven sin esperanza, paz para nuestro corazón.

Que María nos enseñe a confiar más, a perdonar más, a amar más y que, bajo su protección maternal, también nosotros podamos ser constructores de paz.”

 

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