Madrid escucha al Papa

Madrid escucha al Papa: una llamada a salir, construir puentes y llevar esperanza

La visita del Papa León XIV a España está dejando mensajes que merecen ser escuchados con atención. Más allá de los encuentros, celebraciones y actos multitudinarios, hay una idea que atraviesa todas sus intervenciones: la fe cristiana no está llamada a encerrarse, sino a salir al encuentro del mundo.

No deja de ser significativo que estas palabras resuenen precisamente en torno a la solemnidad del Corpus Christi. Porque Cristo no permanece oculto. Sale a nuestras calles, camina con su pueblo y se hace presente en medio de la vida cotidiana de hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Construir puentes en tiempos de división

Uno de los acentos más repetidos por el Santo Padre está siendo la necesidad de recuperar la cultura del encuentro.

Vivimos en una sociedad donde resulta fácil caer en la confrontación, etiquetar al que piensa diferente o levantar barreras entre unos y otros. Frente a ello, el Papa invita a construir puentes, a dialogar y a descubrir que la convivencia siempre es más fecunda que el enfrentamiento.

Como cristianos, sabemos que la paz no nace de imponer nuestras ideas, sino de aprender a mirar al otro como un hermano. En un mundo donde abundan los discursos que separan, León XIV nos recuerda que el Evangelio siempre une, sana y reconcilia.

Una Iglesia cercana y abierta

El Papa también está insistiendo en una Iglesia que no vive para sí misma, sino que sale al encuentro de quienes más necesitan esperanza.

Sus gestos hacia las personas vulnerables recuerdan que el Evangelio siempre nos conduce hacia quienes sufren, hacia quienes viven en soledad, pobreza o exclusión. Una comunidad cristiana no se define sólo por la belleza de sus celebraciones, sino también por su capacidad de acoger, acompañar y servir.

La Iglesia está llamada a ser hogar. Un lugar donde toda persona pueda encontrar escucha, consuelo y una puerta abierta.

Jóvenes y esperanza para nuestro tiempo

Otro de los destinatarios privilegiados de sus palabras están siendo los jóvenes. El Papa les anima a no conformarse con una fe superficial ni con las respuestas rápidas que tantas veces ofrece nuestra sociedad.

Les recuerda que no son únicamente el futuro de la Iglesia, sino también su presente. Cristo sigue llamando hoy a los jóvenes a vivir una vida grande, llena de sentido, capaz de transformar el mundo desde el amor, la verdad y el servicio.

Una esperanza que transforma la realidad

En todos sus mensajes aparece también una llamada constante a la esperanza. No una esperanza ingenua que ignore las dificultades, las guerras o las heridas de nuestro tiempo, sino la que nace de Cristo resucitado y permite seguir creyendo que el bien, la reconciliación y la fraternidad son posibles.

Por eso el Papa anima también a los cristianos a estar presentes en la sociedad, en la cultura, en la educación, en el mundo del trabajo y en todos aquellos lugares donde se construye el futuro de las personas. La fe no es una realidad privada que se esconde. Es una luz llamada a iluminar la vida cotidiana.

Una invitación para todos

A medida que continúa su visita, los mensajes de León XIV van dibujando el rostro de una Iglesia que sale al encuentro, que construye puentes y que lleva esperanza allí donde más se necesita.

Un mensaje profundamente actual para nuestra sociedad y también para nuestras comunidades parroquiales. Porque cada bautizado está llamado a ser instrumento de paz, de encuentro y de reconciliación en medio de su familia, de su trabajo, de su barrio y de su ciudad.

Quizá por eso la gran pregunta que nos deja estos días sea esta:

¿Estoy viviendo una fe que se queda dentro de los templos o una fe que sale al encuentro de los demás para llevarles la esperanza de Cristo?

Corpus Christi: cuando Jesús sale a nuestro encuentro

Hay fiestas que celebramos dentro de los templos y otras que, por su propia naturaleza, parecen pedir salir a las calles. El Corpus Christi es una de ellas.

Este domingo la Iglesia celebra la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, una fiesta que nos invita a contemplar uno de los mayores tesoros de nuestra fe: la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Cuando participamos en la Santa Misa no asistimos únicamente a un recuerdo simbólico de la Última Cena. Creemos, como la Iglesia ha enseñado desde los tiempos apostólicos, que bajo las especies del pan y del vino está verdaderamente presente Jesucristo, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. El mismo Señor que nació en Belén, murió en la Cruz y resucitó glorioso sigue queriendo quedarse con nosotros y hacerse alimento para nuestro camino.

Una fiesta con siglos de historia

La fiesta del Corpus Christi nació en el siglo XIII para destacar precisamente esta verdad de fe y para fomentar la adoración al Santísimo Sacramento. Con el paso de los siglos, las procesiones, las custodias, las alfombras florales y las manifestaciones públicas de devoción se convirtieron en una expresión visible del amor de los cristianos hacia Jesús Eucaristía.

Pero quizá algunas personas podrían preguntarse hoy: ¿tiene sentido sacar una custodia a la calle? ¿No sería suficiente rezar dentro de la iglesia?

Una fe que sale al encuentro

La respuesta la encontramos en el propio Evangelio. Jesús nunca fue alguien que permaneciera encerrado. Recorrió pueblos y ciudades, salió al encuentro de enfermos, pecadores y necesitados. Su amor siempre fue un amor que sale, que busca, que llama y que se acerca.

Por eso la procesión de Corpus Christi no es una exhibición ni una costumbre folclórica sin más. Es una proclamación sencilla pero profunda: Cristo quiere caminar con su pueblo. Quiere entrar en nuestras calles, en nuestras plazas, en nuestros hogares y en nuestra vida cotidiana.

En una sociedad donde tantas veces se nos invita a vivir la fe de manera privada, casi escondida, el Corpus Christi nos recuerda que la fe auténtica siempre nos impulsa a salir. No para imponernos a nadie, sino para ofrecer humildemente aquello que hemos recibido. Quien ha encontrado a Cristo no puede guardarlo sólo para sí.

La Iglesia nació para anunciar, para servir y para salir al encuentro del mundo. Y cada procesión de Corpus es un pequeño reflejo de esa misión.

El rostro visible de la Iglesia

La procesión es también una hermosa imagen de la Iglesia. Niños que este año han recibido por primera vez a Jesús en la Eucaristía, miembros de la Adoración Nocturna Femenina y Masculina, Cáritas, cofradías, movimientos, asociaciones y fieles de toda condición caminan juntos detrás del mismo Señor.

Diferentes carismas, sensibilidades y vocaciones, unidos por una misma fe y una misma esperanza.

Es también una oportunidad para agradecer el trabajo silencioso de tantas personas que hacen posible esta celebración: quienes preparan las tradicionales alfombras florales, quienes cuidan la liturgia, quienes organizan la procesión y todos aquellos que, de una forma u otra, contribuyen a que esta fiesta siga siendo un signo vivo de fe para nuestra ciudad.

Una invitación para todos

Por eso queremos invitar a todos los fieles de nuestra Unidad Pastoral y a cuantos lo deseen a participar en la tradicional Procesión del Corpus Christi de Avilés, que comienza al finalizar la misa de 12:00 en San Nicolás de Bari.

Será una ocasión privilegiada para acompañar al Señor por las calles de nuestra ciudad, contemplar las hermosas alfombras florales, acompañar a los niños de Primera Comunión, compartir la fe con tantos grupos que enriquecen la vida de nuestra Iglesia arciprestal y diocesana.

Una oportunidad para rezar juntos, dar testimonio de nuestra fe y recordar que Cristo sigue presente entre nosotros.

Porque Jesús sigue saliendo a nuestro encuentro.

Y quizá la gran pregunta que nos deja esta fiesta sea esta:

Si Cristo no tuvo miedo de salir a nuestras calles para buscarnos, ¿por qué habríamos de tener nosotros miedo de caminar con Él?

Encuentro en Cangas del Narcea

La caridad que nace del altar: encuentro diocesano de la Comisión de Caridad y Servicio en Cangas del Narcea

La Iglesia diocesana vivió hoy una jornada de encuentro, comunión y servicio en Cangas del Narcea, donde tuvo lugar el encuentro de la Comisión de Caridad y Servicio de la Diócesis de Oviedo, integrada por diferentes realidades eclesiales que trabajan cada día al lado de quienes más necesitan de nuestra cercanía y ayuda.

La jornada reunió a cerca de 500 personas vinculadas a ámbitos tan importantes como Cáritas Asturias, Manos Unidas, la Pastoral Penitenciaria, la Pastoral de la Salud, la Pastoral del Migrante y otras iniciativas de servicio que hacen visible el rostro más cercano y misericordioso de la Iglesia. 

El encuentro comenzó en el Santuario del Acebo, donde los participantes pudieron ponerse a los pies de la Virgen para ofrecerle el trabajo, las preocupaciones y las esperanzas de tantas personas a las que acompañan cada día. Un momento de oración y fraternidad que ayudó a recordar que toda acción caritativa encuentra su fuerza en Cristo y en el Evangelio.

La jornada concluyó con la celebración de la Santa Misa en la Basílica de Santa María Magdalena de Cangas del Narcea, presidida por nuestro arzobispo, Mons. Jesús Sanz Montes, y en la que participó nuestro párroco, D. Sergio Santa, desempeñando el servicio de maestro de ceremonias.

Fue una celebración especialmente significativa, del Corpus Christi, con la gran participación de fieles, sacerdotes, diáconos, religiosos y agentes pastorales llegados de distintos puntos de Asturias, reflejando la riqueza de una Iglesia que trabaja unida para llevar esperanza allí donde más se necesita.

En una sociedad marcada tantas veces por la indiferencia y el individualismo, encuentros como este recuerdan que la caridad no es una actividad más de la Iglesia, sino una dimensión esencial de su misión. Servir a los pobres, acompañar a los enfermos, visitar a quienes están privados de libertad, acoger al migrante o sostener a quien atraviesa momentos difíciles son expresiones concretas del amor de Cristo hecho vida.

Damos gracias a Dios por esta jornada de convivencia, oración y servicio compartido, y por todas las personas que, desde tantas realidades de nuestra diócesis, continúan haciendo presente cada día la ternura y la misericordia del Señor entre nosotros.

«Lo que hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).

Trece niños reciben por primera vez a Jesús Eucaristía

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos ha regalado este domingo 31 de mayo una jornada especialmente alegre para toda nuestra Unidad Pastoral de Villalegre-La Luz. Trece de nuestros niños han recibido por primera vez a Jesús Eucaristía, acompañados por sus familias, catequistas y por toda la comunidad parroquial.

Durante la celebración, nuestro párroco, D. Sergio Santa, acompañado por uno de nuestros seminaristas, Daniel, comenzó recordando algo fundamental: la importancia de cuidar el clima de oración dentro del templo. La casa de Dios es, ante todo, un lugar de encuentro con el Señor, de silencio y de oración. Es precisamente en ese silencio donde más dejamos actuar a Dios en nuestro corazón.

Un Dios que es comunión de amor

D. Sergio quiso detenerse también en la solemnidad que celebrábamos este domingo. La Santísima Trinidad nos recuerda que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres personas distintas y un solo Dios verdadero.

Compartió cómo esta verdad, aprendida desde niño en el Catecismo, ha acompañado toda su vida. Un Dios Padre que nos ama profundamente; un Dios Hijo que nos conduce al conocimiento del Padre y camina a nuestro lado; y un Espíritu Santo que guía a la Iglesia, nos convoca a la celebración de la fe y acompaña toda nuestra existencia.

Además, destacó una idea esencial para comprender nuestra fe: los cristianos no creemos en un Dios distante o encerrado en sí mismo, sino en un Dios que es comunión, amor, entrega y diálogo eterno. Un Dios que sale constantemente al encuentro del hombre.

La Primera Comunión es el comienzo

Dirigiéndose especialmente a los niños y a sus familias, recordó que se llama Primera Comunión porque todos esperamos, deseamos y anhelamos que después vengan muchas más.

Del mismo modo que el sacramento de la Penitencia no está pensado para celebrarse una sola vez, también la Eucaristía está llamada a acompañar toda la vida cristiana. Por ello, animó a los padres a seguir cultivando la fe en familia y a mantener viva la ilusión que hoy todos compartían.

La comunión, explicó, es hacerse uno con Cristo. Dios, en su infinita misericordia, ha querido hacerse alimento para nosotros. Se entrega totalmente y se deja recibir para que podamos unirnos a Él de una manera única y profunda. Un privilegio inmenso que a veces corremos el riesgo de olvidar o descuidar a la hora de recibirle.

Que hoy no sea un adiós

Al finalizar la homilía, D. Sergio pidió la bendición de Dios para estos niños, para que sigan siendo grandes amigos de Jesús y para que nunca dejen de caminar junto a Él.

Deseó que esta celebración no sea una despedida, sino el inicio de una relación cada vez más profunda con Cristo, encontrándonos cada domingo en la Eucaristía y continuando más adelante el camino de la fe en la preparación para el sacramento de la Confirmación.

La acción de gracias de los padres

Uno de los momentos más emotivos de la celebración fue la acción de gracias pronunciada por uno de los padres de los niños que hoy recibieron por primera vez a Jesús Eucaristía.

En ella dieron gracias a Dios por estos hijos que, como fruto de su amor, les ha entregado y confiado para educar y acompañar en el camino de la vida. Con emoción reconocieron que hoy los presentan ante el Señor como pequeños cristianos que han dado un paso más en su crecimiento humano y espiritual.

Recordaron también la gran responsabilidad que supone cuidar no sólo de su bienestar material, sino también de su alma, ayudándoles a descubrir a Jesús, a amar la Iglesia y a crecer como cristianos auténticos.

Desde la parroquia nos sentimos profundamente agradecidos por la confianza que las familias depositan en nuestra comunidad. Compartimos con ellas la alegría de este día y renovamos nuestro compromiso de seguir acompañando a estos niños en su camino de fe, con la ayuda de Dios y la colaboración de todos.

Con esperanza seguimos sembrando, convencidos de que el Señor continúa haciendo crecer en sus corazones la semilla que hoy celebramos.

Gracias a quienes entregan su tiempo

Nuestro párroco tuvo también palabras de agradecimiento para los catequistas y, de manera especial, para María José y Vanesa.

Esta última concluye ahora su etapa como catequista para emprender nuevos proyectos. Queremos agradecerle de corazón estos tres años de entrega generosa al servicio de nuestra comunidad. Han sido años de compromiso, dedicación y servicio, tiempo que podría haber empleado en muchas otras tareas, pero que eligió ofrecer para acompañar y formar a nuestros niños en la fe.

Nuestro agradecimiento se extiende igualmente a todos los catequistas que, de forma silenciosa y gratuita, renuncian a parte de su tiempo para ayudar a crecer a nuestra comunidad parroquial.

Nuestra enhorabuena

Como recuerdo de esta jornada tan especial, los niños recibieron también un obsequio de la parroquia.

A todos ellos, y a sus familias, les transmitimos nuestra más sincera enhorabuena. Rezamos para que la fe que hoy ha dado un paso más siga creciendo y madurando con el apoyo de sus hogares, de sus catequistas y de toda la comunidad cristiana.

Que Jesús Eucaristía ocupe siempre un lugar central en sus vidas y que esta Primera Comunión sea verdaderamente la primera de muchas más.

Fin de la novena: gran día de la Virgen de La Luz

Tras nueve días de oración, encuentro y preparación espiritual, la comunidad cristiana de nuestra UP Villalegre – La Luz celebró el día grande de la fiesta de Nuestra Señora de La Luz, Reina de la Paz, una jornada marcada por la devoción, la alegría compartida y el profundo sentimiento de pertenencia a una tradición que forma parte del alma de nuestro barrio, de Avilés y de toda la comarca.

La pequeña ermita que corona el monte volvió a convertirse en hogar para cientos de personas que acudieron a encontrarse con la Virgen. Ella, que desde hace generaciones contempla y bendice Avilés y su comarca desde este lugar privilegiado, continúa siendo para tantos fieles faro que ilumina el camino, refugio en las dificultades y madre que siempre espera a sus hijos.

La Eucaristía fue presidida por D. David Álvarez, párroco de la Unidad Pastoral de Infiesto e hijo de nuestra parroquia de Villalegre, una circunstancia que hizo especialmente emotiva la celebración para muchos de los presentes.

Son muchos los vecinos y feligreses que lo han visto crecer entre estas mismas calles, recibir aquí los primeros pasos de su formación cristiana y responder con generosidad a la llamada del Señor. Lo hemos visto crecer en estatura y en fe, compartir con nosotros tantos momentos de la vida parroquial y emprender después el camino del sacerdocio. Por eso, recibirle nuevamente en la ermita de Nuestra Señora de La Luz, presidiendo la Eucaristía del día grande de la fiesta, fue motivo de alegría, orgullo y profundo cariño para toda la comunidad.

Como hijo de esta parroquia, regresó una vez más a la casa de la Madre para compartir con nosotros una reflexión sencilla, cercana y profundamente humana sobre María, Reina de la Paz, y sobre el sentido de acudir a la ermita para encontrarnos con una Madre que nunca deja de esperar a sus hijos.

A continuación, compartimos íntegramente su homilía:


Prometo ser breve porque con el solano que estáis sufriendo, creo que hoy no es día de grandes palabras, sino de sentimientos. Porque al fin y al cabo es lo que hoy nos congrega aquí, un sentimiento, el sentirnos hijos de esta Madre de la Luz, el sentirnos hijos que siempre están en su casa, en esta pequeña ermita escondida en este monte donde tantas y tantas veces hemos venido como hijos al encuentro de una madre que siempre nos espera.

No puedo hacer otra cosa que devolverte las gracias, Sergio, amigo y compañero, por el honor y regalo de hoy presidir esta Eucaristía.

Reina de la Paz, ¿por qué es María Reina de la Paz? Porque ella nos enseña a no dejarnos vencer por nuestros miedos. Y qué gran miedo tuvo ella cuando se le aparece el ángel con ese gran anuncio: vas a traer al mundo al Hijo de Dios. Y ante sus miedos, ante su humildad, su sencillez, el ángel, la proclama llena de gracia y le dice: no temas.

Cuántas veces venimos a este lugar con nuestros miedos, nuestras incertidumbres, nuestras luchas, nuestras cargas y nos volvemos para casa un poco más descansados, un poco más llenos de ese amor de María que siempre nos guía y acompaña para llevarnos a su Hijo Jesús.

Así que venimos a pedirle esa paz, ante nuestras dificultades y luchas, nuestros proyectos e ilusiones. Venimos a pedirle a María, a nuestra Madre de la Luz, que todo lo llevemos con paz.

Llevarlo con paz no es pensar que Dios nos va a borrar las cruces de nuestra vida, nuestros problemas, nuestras enfermedades y dificultades, así por un simple deseo.

Porque si Dios lo quiere así en nuestras vidas, por un plan mayor, por un bien mayor para cada uno de nosotros y de nuestras almas, estará pensado en ese plan, en ese proyecto de Dios para cada uno de nosotros.

Y así tiene que ser, con esa cruz de cada día, con esas pequeñas cargas que cuando las compartimos en comunidad, como hermanos, siempre se hacen más livianas, porque hacemos como el mismo Simón de Cirene: ayudar al mismo Jesús a cargar con la cruz de los hermanos.

Y eso se siente en esta pequeña comunidad, pues que cada sábado con fidelidad viene a celebrar la Eucaristía hasta la ermita de La Luz. Y eso se siente cuando uno viene en el día de la fiesta y son todo saludos, abrazos, alegría y un gozo que sólo puede venir del corazón de Dios para alegrarnos a cada uno de nosotros.

Así que con esa paz que hoy le venimos a pedir a María, la paz que el mundo necesita para que las malditas guerras se terminen y ojalá más pronto que tarde los seres humanos que habitamos en este mundo nos demos cuenta de que las armas, la violencia y la muerte no arreglan nada, no solucionan nada, sino que traen mayor conflicto, mayor división y mayores luchas desenfrenadas sin ningún horizonte.

Y así nuestras vidas comienzan a carecer de sentido. Y una vida que no tiene sentido no es vida, es algo que nos destruye, que nos aleja de los demás, nos aleja de Dios y nos aleja de nosotros mismos, porque comenzamos a no reconocernos, a no saber lo que somos, quién somos y a dónde vamos.

Porque si nuestra vida tiene sentido como cristianos, como hijos de ese Dios del amor y de la misericordia, es que el sentido de nuestra vida es llegar al cielo.

Por esa puerta que María siempre espera y ser esa conexión directa con el cielo cuando acudimos como hijos, que es lo que da realmente sentido a nuestras vidas: sabernos hijos de Dios para que ese Dios que siempre es Padre y que siempre nos espera en ese camino de vuelta a casa, nos reencontremos en el cielo con nuestros seres queridos difuntos, en la compañía de los santos y, cómo no, María, en ese lugar privilegiado que como Madre de Dios, como Madre de Jesús, consciente en ese trono de alegría, de sabiduría y de paz.

Así que guardamos treinta segundos de silencio, cada uno de nosotros, pues le vuelva a pedir de corazón esa paz que tanto necesitamos, esa paz que tanto ansiamos encontrar en los brazos de Dios nuestro Padre.


Una tradición que sigue viva

Si hay algo que nos llena de esperanza en cada celebración de la Virgen de La Luz es comprobar cómo nuestras tradiciones siguen pasando de generación en generación. Los ojos se nos iluminan al ver a los más pequeños llegar a los pies de la Virgen, acompañando a padres, abuelos y familiares en una devoción que forma parte de la historia de nuestro barrio.

Este año, el romero más joven apenas contaba con días de vida. Toda una imagen de esperanza. Porque mientras sigan llegando nuevos hijos a la casa de la Madre, mientras continúen escuchándose risas de niños entre los caminos que conducen a la ermita, podremos seguir diciendo con alegría que la Virgen de La Luz continúa reuniendo a su pueblo y transmitiendo su legado de fe, generación tras generación.

Yaiza y Jesús, una tradición de amor

La jornada volvió a dejarnos uno de los momentos más entrañables de las Fiestas del Puchero con la participación de Yaiza y Jesús, protagonistas de una tradición tan querida como singular.

Dice la costumbre popular que serán tantos los besos como pedazos del puchero roto contra el suelo. Una imagen festiva que cada año arranca sonrisas y aplausos entre los presentes, pero que también puede entenderse como una hermosa metáfora de la vida compartida.

Que cuando lleguen los días de alegría recuerden este momento vivido junto a todo un pueblo. Y que cuando aparezcan las dificultades —inevitables en todo camino humano— recuerden también los besos que se dieron bajo el crucero, a los pies de María. Que Nuestra Señora de La Luz ilumine siempre sus pasos y les ayude a descubrir que incluso cuando algo parece romperse, el amor sostenido por Dios es capaz de reconstruirlo todo.

Gracias por hacerlo posible

Al finalizar la celebración, nuestro párroco, D. Sergio Santa, quiso expresar su agradecimiento a todas las personas que han hecho posible esta novena y esta fiesta.

De manera especial, a los sacerdotes y diáconos que nos acompañaron durante la celebración: D. David Álvarez, párroco de la U.P. de Infiesto y predicador de la fiesta; D. David Cuenca, nuestro arcipreste; D. Alejandro Soler, párroco de Las Vegas; y los diáconos D. José Luis García y D. Artemio Grande.

También a los seminaristas Daniel y Jorge, que apartaron por unas horas los libros y los exámenes para compartir con nosotros esta jornada de alegría; a Doña Mariví Monteserín, alcaldesa de Avilés, por su presencia en la celebración; a Diana, presidenta de la Cofradía de Nuestra Señora de La Luz; al Coro de La Familia; a los cofrades, vestidoras, grupo de limpieza, Asociación de Vecinos El Marapico y veteranos de la Armada de la Asociación Lepanto, así como a todos los que han colaborado generosamente para que estos días fueran posibles.

Un recuerdo especial también para Yaiza y Jesús, protagonistas de la tradicional ceremonia del puchero, con el deseo de que sigan creciendo juntos en el amor, la entrega mutua y la alegría compartida, acompañados siempre por la protección maternal de Nuestra Señora de La Luz.

Y, por supuesto, gracias a todos los vecinos, devotos, romeros y peregrinos que han llenado la ermita y sus alrededores durante estos días, haciendo visible que la devoción a la Virgen de La Luz sigue muy viva en el corazón de la comarca.

Una mesa compartida que prolonga la fiesta

La jornada concluyó con una comida de hermandad en los locales parroquiales del Sagrado Corazón, un momento de encuentro que permitió prolongar la alegría de la fiesta en torno a la mesa. Porque la Virgen de La Luz no sólo nos reúne para rezar y celebrar juntos, sino también para fortalecer los lazos de amistad, fraternidad y comunidad que nacen al compartir la fe.

Nuestro agradecimiento a todas las personas que participaron y contribuyeron a crear un ambiente de cercanía, conversación y alegría que puso de manifiesto, una vez más, el espíritu de familia que caracteriza a nuestra comunidad.

De manera especial, a Paco, que volvió a demostrar sus grandes dotes culinarias preparando una paella exquisita que hizo las delicias de todos los presentes. También a las reposteras que nos agasajaron con una variada selección de dulces y pasteles elaborados con cariño, sin olvidar, por supuesto, el tradicional puchero, tan ligado a estas fiestas y a la identidad de Villalegre.

Y cuando la comida parecía llegar a su fin, todavía quedaba tiempo para una última muestra de fraternidad. No faltaron los cantarines que, entre bromas, canciones y un ambiente de auténtica folixa, alargaron la sobremesa y arrancaron sonrisas a los presentes. Porque las mejores fiestas son aquellas que dejan el corazón lleno, y así sucedió también en esta ocasión.

Entre la oración compartida en la ermita, la alegría de la procesión, la convivencia alrededor de la mesa y el buen ambiente de la sobremesa, nuestra unidad pastoral volvió a vivir una jornada de esas que permanecen durante mucho tiempo en la memoria y en el corazón.

Bajo la mirada de la Madre

Concluye así una nueva novena, pero no termina el camino. María Santísima de La Luz continúa esperando en su ermita a todos sus hijos. Allí donde tantas generaciones han encontrado consuelo, esperanza y paz, sigue brillando la luz de una Madre que nunca deja de acompañar a su pueblo.

Que ella continúe bendiciendo a Villalegre, a Avilés y a toda la comarca, y que nos siga conduciendo siempre hacia Cristo, Príncipe de la Paz.