La celebración del Miércoles de Ceniza es el comienzo de la preparación hacia el ciclo Pascual, emprendemos nuestro recorrido hacia la Pascua, y lo hacemos como la iglesia, en su liturgia, lo ha hecho a través de los siglos, recibiendo cenizas en la cabeza. Nos reunimos para escuchar la Palabra de Dios que nos invita y llama a la conversión. Al reflexionar la Palabra de Dios se crea un espacio de reconocimiento y concienciación del propio pecado. Públicamente, en la recepción de cenizas, aceptamos nuestra condición mortal, transitoria y pecadora, necesitada de redención.
La ceniza en Cuaresma es un símbolo cargado de humildad y renovación que marca el inicio de un camino espiritual hacia la Pascua. Su significado se divide en tres pilares fundamentales:
Oración: en Cuaresma se nos invita a cuidarla un poco más. Orar es abrirse a Dios y a su Evangelio. Hay tantas formar de rezar como personas. Se trata en estos días de buscar más tiempo para estar con el Señor, para leer y meditar la Palabra, para rezar el Rosario, el Vía Crucis o simplemente para sentarnos un ratito ante el Sagrario y hacerle compañía.
Ayuno y abstinencia: debemos ayunar el miércoles de ceniza y el Viernes Santo y abstenernos de comer carne y sus derivados tanto el miércoles de ceniza como los viernes de Cuaresma. El ayuno nos ayuda a valorar lo que uno no tiene y es también un camino hacia la austeridad y la sobriedad, valores cada vez más escasos en nuestra sociedad actual.
Limosna: ser generosos con el que no tiene es vernos reflejados en el hermano, es la apertura del corazón a los demás, a los hermanos de cerca y de lejos. Pero no solo debemos dar limosnas económicas, también nuestro tiempo, nuestra compañía, nuestra ayuda a todo aquel que la necesite; es, en definitiva, vivir más pendiente de nuestros hermanos.
