Hay días que quedan grabados en la memoria de un pueblo creyente. Este pasado domingo 14 de junio, solemnidad del Corpus Christi en el Arciprestazgo del Caudal, en Mieres, vivimos uno de esos momentos que difícilmente olvidaremos en toda nuestra diócesis. Coincidiendo con la visita pastoral de nuestro arzobispo, Mons. D. Jesús Sanz Montes, la villa de Mieres acogió una histórica procesión del Santísimo Sacramento por sus calles, recuperando una tradición que llevaba sesenta y cinco años sin celebrarse de esta manera.
Bajo la coordinación del arcipreste, D. Miguel del Campo, participaron las distintas parroquias del arciprestazgo acompañadas por sus sacerdotes y diáconos permanentes, en una verdadera manifestación de comunión eclesial. Una Iglesia que camina unida, que reza unida y que quiere mostrar con sencillez y alegría aquello en lo que cree.

La celebración fue posible gracias a la generosa colaboración de muchísimas personas. Desde las comunidades parroquiales hasta los diferentes movimientos y grupos eclesiales, pasando por el Ayuntamiento de Mieres y cuantos trabajaron durante semanas para preparar cada detalle. Cuando cada uno aporta lo que tiene, por pequeño que parezca, el resultado es una auténtica obra de Iglesia. Y eso fue precisamente lo que se pudo contemplar en las calles de Mieres.
De manera muy especial queremos reconocer la extraordinaria colaboración de la Hermandad de los Estudiantes de Oviedo, cuya disponibilidad, entrega y cariño hicieron posible que el Señor recorriera las calles llevado a costal con la solemnidad y el recogimiento que merecía. Su trabajo silencioso contribuyó decisivamente a que la procesión luciera en todo su esplendor y fuera una verdadera catequesis pública de fe. Junto a ellos, la Agrupación Musical San Salvador puso melodía a nuestros pasos, acompañando el caminar de la procesión con sus sones y ayudando a crear un clima de oración, belleza y devoción que emocionó a participantes y espectadores.

También fue emocionante contemplar la alegría de los niños que este año han recibido por primera vez a Jesús Eucaristía. Junto a ellos, otros muchos pequeños participaron arrojando pétalos para preparar el paso del Señor. Sus sonrisas, su ilusión y su espontaneidad fueron uno de los testimonios más hermosos de la jornada.
No menos emotiva resultó la implicación de tantos vecinos que quisieron sumarse a la celebración. Ventanas y balcones engalanados, pétalos lanzados desde los hogares al paso de la custodia y numerosos gestos de cariño y respeto acompañaron el recorrido procesional. Especial mención merece la alfombra de sal confeccionada a la salida de la iglesia de San Juan, esfuerzo artístico, noble, sencillo y creyente de un pueblo que quiso ofrecer lo mejor de sí mismo al Señor y no dejar el mínimo detalle. Como la flores lanzadas desde las torres de la iglesia durante la bendición.

Nuestra Unidad Pastoral Villalegre-La Luz también estuvo presente en esta gran celebración. Nuestro párroco, D. Sergio Santa, fue requerido para desempeñar el servicio de maestro de ceremonias, una tarea discreta pero esencial para el buen desarrollo de una celebración de esta magnitud. Su dedicación y el trabajo entre todos durante los días previos, contribuyeron a que todo se desarrollara con la solemnidad y el orden propios de una celebración tan significativa.

La jornada dejó una imagen luminosa de la Iglesia: cercana, viva, activa y profundamente agradecida. Una Iglesia que no se encierra en sí misma, sino que sale al encuentro de todos porque es Dios mismo quien la impulsa a hacerlo.
Después de más de seis décadas sin recorrer las calles de esta forma, y en una jornada especialmente calurosa, el Señor volvió a bendecir Mieres desde sus plazas y calles. Y quizá ese sea uno de los mensajes más importantes que nos deja este Corpus Christi: para Dios nada es imposible. Por eso la fe inevitablemente traspasa lo privado. La fe se celebra, se comparte y se testimonia. La fe no resta, multiplica. Multiplica la esperanza, multiplica la fraternidad y multiplica el deseo de construir una sociedad mejor.

En un tiempo en el que a menudo parece que la fe debe permanecer escondida, esta celebración nos recordó que Cristo sigue caminando por nuestras calles y en medio de nuestras vidas. Su presencia no divide ni excluye; al contrario, invita al encuentro, fortalece los lazos de fraternidad y abre caminos de esperanza.
Que esta histórica celebración nos anime a vivir con renovada fortaleza nuestra condición de cristianos y nos recuerde que Cristo sigue acompañando a su pueblo, sosteniendo nuestras dificultades y alentando nuestros esfuerzos.
Porque cuando dejamos que Dios ocupe el centro de nuestra vida, siempre encontramos motivos para la esperanza. Nos unimos a esta alegría que ha llenado a Mieres, al Caudal y de la que hemos de hacernos eco como iglesia diocesana unida.
